Dic 07
yo no olvido el año viejo - año viejo ecuador 2017 - Esteban Michelena - Nuestro Mundo Air Magazine 94 2

Yo no olvido el año viejo…

Hacer el Año Viejo es una entrañable práctica comunitaria. Se aprende mucho: trabajo en equipo, humor, fraternidad y una lección clave: nunca debes robarte la plata del Año Viejo ni asaltar a sus viudas ni a sus hijos. ¡Si no, que te caiga la mano de Kaliman!

Los árboles de Navidad aún permanecen encendidos, y a plena luz del día, sus lucecitas todavía animan el ambiente de fin de año. Los chicos han terminado de mostrar sus regalos; los padres han vuelto a sus trabajos y un entorno de libertad anima la siguiente travesura: coleccionar la ropa, sombreros, jarritas, entre otros que serán parte del esperado Año Viejo.

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La quema de los años viejos es una de las tradiciones más arraigadas del Ecuador. La gente salta la llama, pide deseos, deja volar su imaginación para pedir un año lleno de buena energía y salud. Fotos: Shutterstock

Era toda una movilización: Juan aparecía con un pantalón; Pedro traía la camisa; Lucía se encargaba de los hilos y las agujas, mientras los más grandes de la cuadra iniciaban el diseño de la última morada del año en curso.

Los escolares tenían vacaciones largas y tiempo suficiente para empezar la morosa tarea; tocaba unir un raído pantalón de terno a una camisa del Aucas, con las medias nailon de la hermana. Inventarse unos brazos y, con la ayuda de algún desprevenido, añadir los blancos e impecables guantes de la primera comunión a manera de frágiles manitos.

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El folclor de nuestro país en cada imagen: colores vibrantes, caretas que representan a los personajes más destacados del año. Ríos de gente se juntan cada 31 de diciembre para ser parte de esta celebración, que con alegría y nostalgia, cierra el año y da la bienvenida a uno nuevo. Fotos: Shutterstock

La construcción del muñecote ofrecía dificultad al momento de insertar una cabeza hecha de aserrín embutido, cocida a un palo que cruzaba la criatura por toda la espalda para mostrar un viejito erguido y entrador, listo a recibir su careta de turno.

La careta del Viejo imponía la colaboración de los padres, quienes al regresar de sus trabajos lo hacían con la víctima de turno: un fracasado presidentito de la república, un boxeador noqueado, un talento de televisión, entre otros que se disputaban el jocoso honor de personificar el Año Viejo.

Se trataba de una entrañable creación comunitaria en la que  de forma espontánea el barrio participaba con alegría y generosidad. Acto seguido, se emprendía con la construcción de la cabañita que se levantaba con maderos, ramas y cartones.

El conjunto se completaba con una mesita de madera, una botella sin trago, un viejo cenicero y un primer jocoso letrero: “Aquí yace Luchito el zapatero”.

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Años viejos. Fotos: Shutterstock

Para entonces, cualquier barrio que se respete tenía entre sus habitantes a artesanos del cuero y la madera. Con su sabiduría se procedía a llenar el mamotreto de telas, con impredecibles resultados, que casi siempre terminaban en unos muñecos regordetes y mal dormidos.

La corte de Don Año Viejo es creatividad y alegría popular. De donde quiera aparecía el payaso y su chorizo, la viuda y sus tacones lejanos; el curita y su barriga de balón; el sacristán y su crucifijo de cartulina; un Drácula con muy buena dentadura y otros faunos caracterizados por caretas increíbles: el Chavo del Ocho, la Chilindrina, Don Ramón y más de la corte del chipote chillón.

No faltaban el presidente de la aldea, el goleador del campeonato, un diablito muerto de risa y otros que podían pasar por el niño care chancho, la viudita misteriosa, el guagua perro, entre otros que se disputaban las fotos con los más diversos humanoides.

Otro momento divertido era hacerse de la peluca más estridente: la de Celia Cruz, Yuri y su maldita primavera; Pedro el Escamoso y su cuarto de hora de furor; el Pibe Valderrama y otras glorias que se las veían con caracterizaciones de Capulina, el creador de Playboy, Don Alfonsito Espinosa, Bolillo Gómez, el tóxico Quinteros entre otros actuales.

La barriga de la víctima podía ser un saco de ropa sucia, los brazos y piernas, unos largos chorizos deformes saturados de aserrín. Acto seguido, se sentaba al muñeco en una silla y junto a su diestra aparecía el cenicero y una alcancía. Luego de unos dos días de buen trabajo, este entrañable Frankestein estaba listo para recibir las donaciones de vecinos y caminantes. Monedas de a sucre, luego en dólares, funditas de caramelos, camaretas y más sorprendentes inventos de la pirotecnia popular.

El Año Viejo como costumbre perteneciente al barrio y a la cuadra ha sido la versión más natural y permanente en esta práctica: cinco vecinos se juntan y el tema está listo. Sin embargo, esta costumbre ha sufrido modificaciones. Una de ellas, cuando hacia los 80 el Diario HOY, institucionalizó este divertimento, fue notoria la presencia organizada de gremios, colegios entre otras instituciones que la usaron como una forma de comunicación; alterando de alguna manera la inocencia y frescura que alentó el origen del entrañable mamotreto y sus secuaces.

El ritual del Año Viejo, la escritura de testamentos, el bailecito de media noche deben ser de los más hermosos momentos en la infancia de millones de ecuatorianos que lo adoptaron entre sus preferidos para una inevitable confrontación en la vida de los seres humanos: terminar un ciclo, corregir errores y enfrentar con ilusión el inicio de un nuevo momento de esfuerzos.

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La quema de los años viejos es una de las tradiciones más arraigadas del Ecuador. La gente salta la llama, pide deseos, deja volar su imaginación para pedir un año lleno de buena energía y salud. Fotos: Shutterstock

Los gigantes se toman Guayaquil

En nuestro Puerto Principal, se han constituido familias de expertos y creativos artesanos que diseñan y confeccionan muñecos que pueden llegar a los ocho metros de altura con personajes que pasan de la vida pública política a las grandes estrellas del fútbol y la industria del cine. Esta muestra exuberante de trabajo y dedicación cita a decenas de miles de personas que visitan barriadas populares donde estas criaturas se lucen gigantescas, coloridas y perfectas. La movida se repite en Portoviejo, Machala, Manta, entre otras urbes tropicales donde, a todo volumen y recordando los “Cañonazos bailables”, el ecuatoriano espera el momento de los brindis, los besos, promesas, besos y abrazos. ¡Camina, 2018!

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Años viejos. Fotos: Shutterstock

Por: Esteban Michelena