Sep 27
Winston Churchill

WINSTON CHURCHILL DE LAS LÁGRIMAS A LA GLORIA

Por: Renato Ortega Luère 

Una figura monumental en la historia del hemisferio occidental del siglo XX, tan destacada como controversial, incluso, contradictoria. Fue gestor de una reacción frente a la astucia y la perversión de uno de los líderes más carismáticos de la historia humana: Adolfo Hitler, el sanguinario dictador alemán que suscitó la Segunda Guerra Mundial.

A Churchill se lo recuerda por su ingenio, su visión estratégica y por ser uno de los grandes personajes del siglo pasado. 

Winston Churchill, primer ministro de Gran Bretaña, convocó a algunos países de Europa que recibieron el nombre de Aliados. Francia, en primer lugar, compartía la posición que abogaba por la continuidad de la democracia liberal, que se contraponía al fascismo (un nacionalismo fanático y enceguecido) liderado por Alemania, secundado por la España de Franco y la Italia de Mussolini.

Ese es el escenario que modelaría un indiscutible líder que, mucho más tarde y con la inclusión de la entonces Unión Soviética y de Estados Unidos, terminó derrotando a la perversa y destructiva ideología del fascismo.

Pero centrémonos en el personaje, para entenderlo mejor. Winston Leonard Spencer fueron sus nombres de pila al nacer (Palacio de Blenheim, 1874), y el apellido Churchill lo recibió del duque de Marlborough, su abuelo; y de su padre, Lord Randolph Churchill, quien con Jennie Jerome, una hermosa, inteligente y culta mujer norteamericana, procrearon a Winston. Separado a temprana edad de su familia, asistió al costoso Colegio de Ascot, donde obtuvo las peores calificaciones en protesta por su confinamiento. Algo similar a lo que ocurrió más tarde, cuando fue cambiado a la famosa Escuela de Harrow, donde estuvo entre los alumnos más retrasados.

Las esculturas de bronce en Londres de Franklin D. Roosevelt y Sir Winston Churchill en New Bond Street. 

Luego intentó aprobar el examen de ingreso a la Academia Militar de Sandhurst y dos veces fracasó, hasta que a la tercera lo logró. La disciplina lo enderezó y su premio fue ingresar a un reconocido regimiento de caballería. Como militar, participó o presenció varias guerras imperiales, como las de Cuba (entre españoles y criollos rebeldes), de India (campaña de exterminio étnico de los pastunes), en Kenia (creación de campos de concentración para negros) y en Sudán (inmisericorde trato a los prisioneros). Sobre cada experiencia, escribió reportes para diversos periódicos ingleses, aunque principalmente se concentró en asimilar el concepto de estrategia que tanto le habría de servir durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, fue la política la que lo sedujo irresistiblemente. A los 24 años, abandonó la carrera militar y se afilió al Partido Conservador, lo que tampoco logró satisfacerlo, entonces, optó nuevamente por el periodismo. Fue enviado como corresponsal del diario Morning Post a cubrir la guerra entre los Boers (colonos neerlandeses) y el Imperio británico, en África del Sur. Allí fue tomado prisionero y fue su modo de escapar, lo que le valió el reconocimiento popular a su regreso: recorrió 400 kilómetros sorteando todo tipo de peligros y logró huir de sus perseguidores hasta volver a Inglaterra, donde por su entereza logró los votos necesarios para alcanzar un escaño en la Cámara de los Comunes a los 26 años de edad, el inicio de una imparable carrera política.

Su inteligente oratoria, cargada de sutil ironía y buen humor, hizo de sus palabras afilados cuchillos que aplicó a variopintos enemigos, desde los liberales hasta sus propios correligionarios, todos temerosos de sus punzantes discursos. A tanto llegó su desacuerdo con los conservadores que, en 1904, se pasó al bando opuesto, donde a sus 31 años consiguió el nombramiento de Subsecretario de Colonias. Habiendo presenciado la situación de los Boers en África del Sur, donde el Imperio británico creó campos de concentración para estos colonos neerlandeses —muy similares a los que Hitler levantó para los judíos más tarde— y ya libre de su complicidad, abogó por su autonomía. En años posteriores, alcanzó el rango de ministro, primero de Comercio (1908) y luego del Interior (1910).

Había desarrollado una capacidad de análisis muy certera, acompañada de una fina intuición, que le permitió —en años posteriores— adelantarse a los hechos de modo casi profético, con una precisión asombrosa. Así sucedió con la Primera Guerra Mundial, cuyas circunstancias fueron previstas por Churchill; y fue en su nueva posición como Lord del Almirantazgo, desde la que reorganizó las Fuerzas Armadas, comenzando con una Armada que se volvió implacable, dado que cambió el carbón por el petróleo como combustible de la engrandecida flota, ahora dotada de grandes cañones. Luego, rearmó la Fuerza Aérea y proveyó al ejército de tierra con los primeros tanques.

Veinte años después de haber dejado el Partido Conservador y habiendo perdido reputación entre los liberales, regresó a su partido de origen, al ser nombrado Ministro de Armamento (1917) y luego de Tierra y Aire (1918). 

El Victory Car condujo a Churchill por las calles de Londres durante los desfiles después de la Segunda Guerra Mundial.

Debido a varias razones, su prestigio cayó a los suelos, por lo que decidió apartarse de la política para dedicarse a la escritura y a la pintura, a esta última, con el seudónimo de Charles Morin. Su pintura hasta mereció un elogioso comentario de Pablo Picasso. También dedicó su tiempo a varias actividades más, como la de historiador (en 1953 recibió el Premio Nobel de Literatura por sus Memorias sobre la Segunda Guerra Mundial), biógrafo, novelista, aviador y otras equidistantes habilidades, que fueron desde un modesto albañil hasta un elitista jugador de polo.

Pero las circunstancias políticas de Europa condujeron a Hitler a ocupar Polonia el 1 de septiembre de 1939, a pesar de las constantes alertas emitidas por Churchill y no escuchadas por el Parlamento. La Blitzkrieg (guerra relámpago alemana) probó su efectividad y, el 10 de mayo de 1940, Winston debió asumir el cargo de Primer Ministro con una franca propuesta a su pueblo: “No tengo nada que ofrecer aparte de sangre, sudor y lágrimas”.

Y eso fue lo que debieron vivir millones de personas de diversos países, arrastradas a una absurda guerra que cobró otros tantos millones de vidas, resultado de la delirante y recurrente idea de dominar al mundo.

Como bien sabemos, el fascismo fue derrotado y fue Winston Churchill quien lideró a los países que lo lograron. El Parlamento británico lo recibió de pie y con una ovación, y fueron lágrimas las que corrieron por sus mejillas.