Dic 11
Sevilla

SEVILLA, el alma de Andalucía

“Todo aquí es ficticio, excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla” Arturo Pérez Reverte

Sevilla, la muy noble, leal y heroica capital de Andalucía, es sin lugar a dudas, el alma del sur de España. Y tiene atributos más que suficientes para merecer tal definición.

Ostenta un clima mediterráneo envidiable. Es el único puerto fluvial de España (ubicado a 70 kilómetros del mar), sobre el río Guadalquivir, el más largo de Andalucía, su arteria principal, la que refresca y vitaliza la ciudad con sus dinámicas aguas y las estacionales variaciones de su flujo. También el río sirve de vínculo con el Mediterráneo, aunque el calado y las dimensiones de los barcos que en sus muelles atracan, tenga limitaciones. El río cuenta con algunas islas que alojan edificios de distintas épocas. Destacan algunos puentes, como el del Alamillo, diseñado por Santiago Calatrava y terminado en 1992.

La ciudad ocupa principalmente la margen izquierda del río. Los barrios de Los Remedios y el famoso de Triana, se ubican en la margen derecha. Una amplia planicie se extiende desde ambas márgenes del río hacia tierra adentro, lo que se conoce como el valle del Guadalquivir, con sus vegas y meandros. Dos zonas elevadas, conforman la comarca del Aljarafe y los Alcores, barrios que coronan la ciudad con nuevas expansiones. Su inicio como centro poblado está unido a excelsos navegantes: los fenicios. De ahí que eligieran una isla en medio del río para establecerla.

El nombre original de su primer asentamiento, Hisbaal, se inspiraría en uno de sus dioses, llamado Baal. Se discute si fue en verdad la cultura tartésica (siglo VIII a.C.), primera civilización de Occidente, quien resulte la fundadora de la ciudad. Lo que es certeza, es que los romanos tomaron posesión del poblado en el 206 a.C. El general Escipión desplazó a los cartaginenses que allí habitaban y fundó Itálica, en un lugar cercano conocido como Santiponce, cuyo principal remanente es un bien conservado anfiteatro. Más tarde, fue el propio Julio César quien de Hisbaal o Ispal (nombre original de los Tartesos), la transformó en Hispalis, aunque también hay polémica entre historiadores en torno a esta afirmación. El dominio romano se extendió por tres siglos, con construcciones como acueductos, baños termales, anfiteatros, palacios y templos, todo rodeado por altísimos muros que defendían la ciudad. Luego fue la llegada de los primeros cristianos en el siglo III. Invasiones de suevos, vándalos, alanos y vikingos destruyeron parte de la ciudad, que volvió a ser reconstruida.

Pero su más alto desarrollo lo alcanza Sevilla desde la invasión musulmana (la primera, en 711), durante el reinado de Al-Andalus, (dependiente del califato de Córdova), en especial por el aporte de avances científicos clave. Derrotan a los visigodos y le cambian el nombre a Isbilya, construyen mezquitas, prolongan las murallas dejadas por los romanos y levantan grandes palacios. Entre 1178 y 1179 se registra una gran crecida del río, aunque la peor jamás vista fue la de 1201 (otra similar en 1626 y en 1961).

En 1248, los cristianos liderados por Fernando III se toman Isbilya y comienza, simultáneamente, la destrucción de la ciudad almohade y la construcción de monasterios e iglesias cristianas, palacios y hospitales. En 1483 se expulsa a los judíos de Sevilla y apenas nueve años más tarde, zarpa Colón de Puerto de Palos, lo que dará inicio a importantes cambios que la conquista de América traerá a Sevilla.

A partir de entonces, Isbilya se transforma en Sevilla y así desaparecen casi ocho siglos de presencia musulmana, sepultados bajo la nueva dominación cristiana, hoy visibles en los edificios que perduraron. Las abundantes riquezas en metales pesados usurpadas en América financiaron la construcción de la nueva urbe. Lo primero en levantarse fue la llamada Casa de Contratación o Casa Lonja de Mercaderes (hoy Archivo General de Indias), lugar donde se recibían los tesoros venidos de nuestra América. El actual Archivo de Indias (1785), alberga una colección de documentos provenientes de las colonias españolas, en nueve kilómetros lineales de estanterías e impresos en 89 millones de páginas: un paraíso para los historiadores de la conquista española de América.

Fue tal el botín recibido, que sobró para levantar la Catedral, la Casa de Pilatos (palacio renacentista y mudéjar, de 1483) y el Palacio de las Dueñas (fascinante arquitectura del siglo XV; allí nació el gran poeta Antonio Machado en 1875).

La Catedral fue iniciada en 1248 como Catedral de Santa María de Sede y es hoy el templo gótico más grande del mundo y tercero entre los templos cristianos, detrás de San Pedro en Roma y San Pablo en Londres. A su estilo gótico tardío original se le añadieron elementos renacentistas, barrocos y detalles neogóticos. Es un placer pasearse por su fresco Patio de los Naranjos. Esta Catedral se ubica sobre el emplazamiento de la mezquita Aljama y en su interior se puede visitar a Cristóbal Colón en su mausoleo.

La Giralda es otro ícono fundamental de la ciudad. Con sus casi cien metros de altura, esta torre fue iniciada en 1184 por los musulmanes junto al río Guadalquivir y sirvió de alminar de la mezquita almohade, hoy desaparecida. Aportes renacentistas durante el siglo XVI le cambiaron la fisonomía hasta cumplir hoy la función de campanario de la Catedral, con 24 campanas que suenan, con diversos tonos y nombres, cada quince minutos. Una tinaja en su parte superior sostiene una veleta (llamada la Giraldilla o el Giraldillo) que gira según el viento.

Un edificio proveniente de la época musulmana, es el Real Alcázar, patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987. Los islámicos lo construyeron sobre una fortaleza romana, luego lo transformaron los visigodos y más tarde pasó a ser una basílica paleocristiana: todos los estilos son reconocibles hoy en esta amalgama histórica. En su interior bien vale la pena conocer el Patio de las Doncellas, la Sala de los Reyes, el Palacio del Rey Don Pedro I, el Cruel, los bellísimos Salón de los Embajadores (por su cúpula semiesférica y los intrincados arabescos dorados) y el del Emperador (por sus azulejos del siglo XV), además de los exquisitos jardines que lo rodean. Fue residencia de los monarcas árabes, y hasta hoy, de los cristianos.

La Plaza de España

Otro lugar icónico de Sevilla es la Plaza de España. Aunque de construcción más reciente (iniciada en 1914, terminada en 1928) y ubicada en el Parque de María Luisa, sus cinco hectáreas de superficie dedican una tercera parte a edificaciones con estilos diversos: mudéjar, gótico y renacentista.

La cruza un canal de medio kilómetro de longitud, atravesado por cuatro singulares puentes (Castilla, León, Aragón y Navarra). Tiene forma semicircular, lo que simboliza el abrazo de España a sus colonias; y su visión prominente hacia el río, señala la dirección del camino que conduce a las Américas. Fue construida a propósito de la Exposición Iberoamericana del año 1929 a cuya inauguración acudió el Rey Alfonso XIII. La plaza ha servido de escenario de famosas películas, como Lawrence de Arabia, Star Wars y Juego de Tronos.

La Torre de Oro es otro importante aporte del período musulmán, aunque reformada varias veces a lo largo de las diversas ocupaciones. Albarrana en sus inicios (1220), aumentada en el siglo XIV y en 1760 añadida su cúpula. En su interior hay un interesante Museo Naval.

Metropol Parasol es la polémica obra concebida por el arquitecto alemán Jürgen Mayer e inaugurada en 2011. Está ubicada en la clásica Plaza de la Encarnación y por ello, estas modernísimas formas contrastan drásticamente con su entorno. Algunos habitantes de Sevilla la consideran inadecuada, aunque la Unión Europea la reconoció con un premio en 2013. Por su forma de hongos, los sevillanos la bautizaron como las Setas de la Encarnación.

El Ayuntamiento de Sevilla, con su arquitectura plateresca, fue iniciado en el siglo XV y sus relieves en este estilo destacan por su alusión a los romanos y a los supuestos fundadores de la ciudad: Hércules y Julio César. En el siglo XIX, profundos cambios reorientaron la fachada y reestructuraron su interior.

El original Hospital de las Cinco Llagas (1546) fue convertido en 1992 en el Parlamento de Andalucía. Su fachada renacentista y la que fue iglesia del Hospital, sirve hoy para que se reúna el pleno parlamentario.

Bien vale una visita al Palacio de San Telmo que, iniciado en 1682, es hoy la sede de la Junta de Andalucía, antes parte del Tribunal de la Inquisición. Su estilo barroco es de gran calidad artística y muy característico de Sevilla.

La tauromaquia tiene su sede en uno de los más antiguos cosos taurinos: el de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla (1749) y su más importante evento anual es la Feria de Abril.

La ciudad cuenta con numerosos museos y galerías de arte, algunos de gran valía. El Museo de Bellas Artes y la Hemeroteca Municipal, útiles para admirar iconografía española y sevillana. El Museo Arqueológico en la Plaza de América es un buen inicio para entender la ciudad desde sus orígenes.

La famosa Plaza
de Toros de Sevilla

Sevilla es el tesoro de España, una ciudad de apenas algo más de setecientos mil habitantes en su ámbito municipal. Alberga tantos edificios históricos que esta crónica no podría describir. Pero recorrer los principales es suficiente como para provocar el apetito.

Inícielo todo con un Jerez bien frío. La gastronomía sevillana es variada y de secretos orígenes. Sus tapas, abrebocas típicos, pueden evocar sabores de este lado como del otro lado del Mediterráneo. Pueden ser una pavías de bacalao, las famosas aceitunas, los caracoles, unas cabrillas al tomate, unos estremecedores boquerones al vinagre o sardinas fritas, y también una tortilla de camarón. Puede optar iniciar el banquete con el refrescante gazpacho, pasar al contundente cocido, o al menudo, y llegar a la ternera o la caldereta. Regada con un buen vino, la cocina sevillana fluye como el río. Termine con algún postre, que puede ir, desde los deliciosos pestiños o las torrijas, las bizcotelas, una buena torta de polvorón hasta una yemas de San Leandro. Rematar con un buen fino o manzanilla de Sanlúcar resulta cerrar con broche de oro.

Entrar a Sevilla, la joya de España, es introducirse por la puerta que unió al viejo continente con el Nuevo Mundo. Es distinguir cada uno de los pueblos que la ocuparon, por los destellos de un pasado que encuentra el modo de llegar a los sentidos de quien a ella arriba y la disfruta, en un presente pleno y placentero.