Abr 03

RESIDENCIA DIGITAL ¿EL FUTURO DE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL?

Por: Tomás Ciuffardi

La era digital ha roto todos los paradigmas, desde la comunicación hasta la forma en como hacemos las compras. Todos los modelos han sido repensados y, aunque todavía nos seguimos sorprendiendo con cada avance, sabemos que ahora ya nada es imposible.

¿Te imaginas residir legalmente en un país que no has pisado nunca? ¿Poder hacer negocios, gozar de derechos ciudadanos y también tener obligaciones tributarias (aunque muy atractivas) en un país lejano, del que no conoces su idioma, el nombre de sus ciudades ni su ubicación en el mapa? Pues sí, ahora ya es posible. Una pequeña nación europea —con un poco más de un millón de habitantes— abrió sus puertas a literalmente todo el mundo, para que adquiera la residencia digital y aproveche los beneficios de tener una empresa en un país de la Unión Europea. Se trata de Estonia, país báltico que formó parte de la Unión Soviética y que, en los últimos años, se ha destacado como precursor de la e-residency.

¿Pero realmente es posible hablar de residencia si ni siquiera se vive en el lugar? Internet nos ha permitido estudiar sin necesidad de entrar a un campus, hemos podido comprarnos zapatos y pantalones sin tener que probarlos en un vestidor y hemos recorrido calles de los lugares más alejados del mundo gracias al Street View de Google. Si podemos hacer todas esas cosas sin estar de cuerpo presente, ¿por qué no residir legalmente en un lugar bajo el mismo concepto?

Para emprendedores

En la página oficial de la e-residencia del gobierno estonio (e-resident.gov.ee), se explica muy bien los alcances de este estatus migratorio y sus beneficios.

“La e-residencia permite a los emprendedores digitales manejar sus negocios desde cualquier lugar, totalmente online”. Se trata de una identidad digital emitida por el Gobierno y un estatus que da “acceso al medioambiente de negocios digitales de forma transparente” en este país. Obviamente, el gran gancho que hace atractiva esta oferta es que Estonia pertenece a la Unión Europea, lo que permite operar un negocio con 28 naciones de ese continente, ahorrándose un montón de restricciones y burocracia frustrante. En su página web, es posible encontrar testimonios de personas de todo el mundo que han encontrado en esta alternativa una oportunidad única para el desarrollo de sus negocios. Gabriel Stürmer es el jefe de marketing de Cupcakese, una de las mayores compañías de apps de juegos de Brasil, y estableció su e-residencia en Estonia con la compañía Oü: “No existe una oficina de Cupcakese en ningún lugar y poder manejarla desde cualquier parte del mundo es muy importante para nosotros — dice Stürmer—. Convertirnos en e-residentes fue realmente importante para nosotros, por una característica cultural de nuestra empresa: todos somos remotos”.

Y así como los nuevos estonios gozan de su nuevo estatus, el país se beneficia con una nueva masa de contribuyentes, que pagan impuestos y utilizan la banca local. ¿Pero será que la iniciativa de Estonia no pasará más allá de la novelería? ¿O será posible que esto se convierta en un nuevo concepto de país?

“No solo es posible, sino que además es muy necesario. Cada vez vivimos en un mundo más globalizado, hipercomunicado y vertiginoso. La ciudadanía, por tanto, ya ha dejado de verse como un concepto excluyente, hacia afuera”, opina Francisco Javier More- no, experto español en big data, transformación digital y docente de la Escuela Internacional de Negocios CEREM. “El concepto de ‘ciudadano del mundo’ cada vez está tomando más protagonismo. Es altamente probable que se generen nuevas identidades y ciudadanías digitales, así como ciudades digitales. Tanto los avances científicos como los adelantos tecnológicos generan cada vez más disrupción respecto a las formas tradicionales de hacer las cosas y señalan los nuevos paradigmas de gestionar nuestro modo de vida, las relaciones personales y profesionales, de las que el ser humano se beneficiará directa e indirectamente”, dice el académico español.

Nuevo concepto de nación

Tradicionalmente, la nacionalidad de una persona se determina por el iussoli —expresión jurídica en latín que quiere decir ‘derecho de suelo’— o por el ius sanguini — es decir, el ‘derecho de sangre’ o, en palabras más simples, por descendencia—. Pero no hay motivo alguno para que estos conceptos de ciudadanía no puedan evolucionar. Incluso, el propio concepto de la territorialidad que delimita a una nación podría también cambiar. De acuerdo con algunas definiciones, una nación es una entidad con un gobierno que controla totalmente una población estable en un territorio delimitado. Entonces, ¿no podría una red social como Facebook convertirse en una nación? Con sus 2.400 millones de usuarios, se convertiría en el país más poblado del mundo, sobrepasando con casi en 1.000 millones a China. Suena muy futurista e, incluso, atemorizante, debido a la cantidad de información personal que maneja esta red; sin embargo, en el mundo del futuro, en que lo virtual llegará a ser más tangible que lo terrenal, no sería muy descabellado. Adicionalmente, para que una nación sea considerada como tal, debe contar con el reconocimiento del resto de naciones y, al menos hoy, los seres humanos no estamos preparados para algo así. Taiwán, por ejemplo, es reconocido por 15 países en todo el mundo como un Estado, lo que debilita su posición independiente con respecto a China. Existen también otros casos menos conocidos y, por supuesto, menos reconocidos. Wirtland, por ejemplo, es la primera nación virtual del planeta; es un Estado autodeclarado, fundado el 14 de agosto de 2008 y tiene un poco más de 5.000 residentes, uno de ellos Julian Assange. Otra iniciativa fue la que planteó el cofundador de PayPal, Peter Thiel, de crear una ciudad flotante, autónoma y libre de toda forma de política. La isla estaría ubicada en el Pacífico Sur y se llamaría Seasteding. Pero finalmente, tras invertir 1,7 millones de dólares en esta utopía, los planes fueron abandonados.

Pero el caso de Estonia es diferente a estos intentos de crear nuevas sociedades. Si bien la implementación de la e-residencia está ganando adeptos en todo el mundo, también es cierto que debe sujetarse a ciertas normas impuestas en la Unión Europea. “Efectivamente, siempre existen y han existido reparos. También podríamos hablar de ‘envidia sana’, puesto que ningún otro país goza del mismo sistema ni modelo de residencia virtual —dice Francisco Javier Moreno—. Sigue existiendo, a nivel europeo, cierto recelo a que extranjeros de diferentes nacionalidades puedan, a través de Estonia, tener derechos similares a ciudadanos europeos nacidos o nacionalizados en alguno de los países de la Unión Europea”.

Quizás el tiempo y la tecnología le den la razón a Estonia y a todos los otros soñadores que quieren crear un nuevo mundo y derribar las fronteras.

Sobre el autor Tomás Ciuffardi: Periodista, productor audiovisual y catedrático. Ganador del premio Símbolos de Libertad en dos ocasiones. Realizador de un reconocido programa televisivo de investigación en Ecuador.