Feb 20

Región de Los Lagos y la Isla de Chiloé, mitología de tierra y mar

nm68_porel_mundo_mapa_1415717938A quien se regocija con paisajes de naturaleza salvaje, donde el agua, la tierra, el fuego y el aire logran combinaciones inesperadas, entonces la Región de Los Lagos en el sur de Chile es un lugar ineludible de conocer y disfrutar. Allí, los lagos son muchos y todos tienen un elemento en común: el fondo de una cordillera de los Andes que alcanza alturas donde la nieve es permanente durante todo el año. El paisaje es majestuoso: el espejo de agua de los lagos refleja los altos picachos nevados (muchos de estos, volcanes activos) en las ondulaciones de una superficie acuática a veces calma, otras veces agitada por los vientos.

A partir de la ciudad de Temuco, los lagos ocupan buena parte del territorio. Desde esa ciudad hacia el sur, se suceden sin pausa, las aguas de múltiples lagos rodeados de densos bosques australes. Y esta es la tierra de un pueblo indómito: los mapuches. Aunque el significado del nombre en su idioma, el mapudungún, quiere decir “gente u hombres de la tierra” (mapu=tierra, che=gente, hombres), su historia muestra que la tierra fue siempre, más que proveedora de sus alimentos, un territorio que ellos debían defender.

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nm68_porelmundo_5_1415718108Ni los incas lograron cruzar el límite del río Maule, ubicado ligeramente al sur de Santiago, ni los españoles pudieron atravesar el límite posterior, el río Bío-Bío. En ambos intentos, el valiente pueblo mapuche resistió las embestidas de ejércitos entrenados, como los veinte mil soldados que llevó Túpac Yupanqui, o las armaduras, caballos y más tarde cañones, con que infructuosamente lo intentaron dominar los conquistadores españoles durante más de trescientos años.

No se conoce bien el origen del nombre araucanos, que le dieron los españoles a los mapuches, pero se supone que proviene de la nostalgia de algún conquistador de tierras anteriores, específicamente aquellas al norte de la actual Colombia, que los españoles habían nombrado como Arauca. Y aunque existen otras versiones sobre la procedencia de este nombre, los mapuches lo rechazaron siempre.

Varias comunidades mapuches habitan la zona aledaña a la ciudad de Temuco y es habitual encontrarlos en torno al mercado central de esa ciudad. Su vestimenta es distinguible, especialmente en las mujeres, que visten de negro, y sus joyas –confeccionadas con antiguas monedas de plata– resaltan sobre el fondo oscuro de sus telas tejidas de lana y sobre el tradicional pañuelo colorido con que se protegen la cabeza.

Los mapuches cuentan con una apasionada mitología basada en la confrontación de fuerzas antagónicas. Se trata de Caicai, una serpiente marina que busca afectar a los seres que habitan la tierra, inundándosela como castigo. Los mapuches y sus animales son protegidos por Trentren, una serpiente terrestre. Pero también Trentren se enoja a veces con los hombres y los amenaza a través de la ira de los volcanes y de su fuego arrasador. Así, los mapuches se debaten entre la tierra y el mar y temen tanto a las aguas de Caicai, como a los fuegos de Trentren.

Las míticas inundaciones dejaron sus restos en tierra. Estos son los lagos. El lago Villarrica es el primero desde Temuco al sur. Desde sus bordes, se alza un volcán en forma cónica, que lleva el mismo nombre del lago y del Parque Nacional que ahora lo protege. El lago Villarrica, con sus aguas cristalinas, atrae a quien llegue a sus playas o a los pueblos, Pucón y Villarrica, ubicados en las orillas opuestas al volcán.

El siguiente lago, hacia el sur, es el impactante Calafquen, rodeado de aguas termales con diversas instalaciones para el baño recreativo o terapéutico. Se destacan las Termas Geométricas por su original diseño, las Termas del Rincón, por su exuberante naturaleza, y las exclusivas Termas de Huife, por su cercanía a Pucón.

Continuando hacia el sur, los lagos Panguipulli y Riñihue siguen impresionando a los viajeros, cada uno con sus propias características naturales, los colores de sus aguas y los densos bosques primarios que los rodean. El lago Ranco es el siguiente, y una visita a alguna de sus trece islas es inevitable. La isla mayor se llama Huapi y es una buena oportunidad para conocer de cerca, la vida del pueblo mapuche.

El próximo lago lleva el nombre de Puyehue o lugar de Pececitos, en la lengua mapuche, que está ubicado en plena cordillera. Junto a su ribera sur, pasa la carretera más baja en altitud y, por ende, la más estable durante el invierno, que permite cruzar desde Chile a Argentina. Famoso es el Hotel Puyehue, que ofrece el lujo en torno a sus aguas termales. Para avistar pumas, zorros grises y otros tantos mamíferos, además de un denso bosque nativo, el Parque Nacional de Puyehue es el lugar apropiado.

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Desde el pueblo de Entre Lagos, al extremo oeste del Puyehue, cuarenta kilómetros de un atractivo camino interno conducen hasta Puerto Octay, ubicado en la ribera norte del lago más grande de toda esta región y el segundo de Chile: el Lago Llanquihue, con una superficie de 860 km². Su nombre mapuche significalugar para zambullirse en el agua, y eso es lo que hacen los viajeros cuando, en el calor del verano, sus aguas invitan precisamente a un refrescante baño. Dos atractivas poblaciones de origen predominantemente alemán, Puerto Varas y Frutillar, ofrecen buenos hoteles, restaurantes y pastelerías, casi todos de inspiración culinaria germana. Desde todos los ángulos, la imponente presencia del volcán Osorno, y sus majestuosas nieves eternas, corona el paisaje hacia el este. Próximo a este lago, se encuentran los Saltos del Petrohué, una serie de cascadas y encajonamientos de un siempre caudaloso río de aguas turquesas, color debido a su origen glacial.

De norte a sur, esta Región de Los Ríos y de Los Lagos concluye en la ensenada de Reloncaví, dentro de la cual se sitúa la ciudad de Puerto Montt, cuyo principal atractivo está en su mercado de mariscos, aledaño a la permanente feria de artesanías. Se trata del lugar conocido como Angelmó, y su nombre proviene de una isla muy próxima a tierra firme. Centollas, erizos, cholgas, almejas, choros zapatos, machas y tantos moluscos, se ofrecen al viajero en los renombrados mariscales, un plato que reúne una gran variedad de mariscos y peces de mar frío, cuyos sabores transmiten la fuerza de ese indomable océano y de los valientes pescadores que los obtienen.

El canal de Chacao separa al continente de un archipiélago, con una isla principal, la más extensa y rica isla de Chile, la isla Grande de Chiloé. Con sus casi nueve mil kilómetros cuadrados y con apenas ciento setenta mil habitantes, este archipiélago debe su nombre al pueblo mapuche que –desde tiempos ancestrales– lo llamaba ‘lugar de chelles’, un ave blanca de cabeza negra, una especie de gaviotín muy abundante en sus costas y lagunas.

Si hay algo que define a Chiloé es su originalidad cultural. Su rica mitología está ligada al mar y la tierra, a los arcaicos oficios de la pesca y la agricultura. Y son muchos los seres que representan las más íntimas fantasías y temores, que surgen de las aguas o de la profundidad de los bosques y llenan las noches de los chilotes con una rica mitología digna de conocerse.

Esa misma relación de la tierra con el mar se expresa en la gastronomía de Chiloé. Su más conocida preparación consiste en una abundante variedad de pescados y mariscos que se unen –en un agujero cavado en la tierra y relleno de piedras calientes– con algunas de las más de cuatrocientas subespecies de papas, otros vegetales y con carnes de vacuno, cerdo y borrego. Es el conocido Curanto y su preparación toma varias horas hasta que los ingredientes, separados por grandes hojas de nalcas, terminan lentamente cocinados al vapor.

La arquitectura de Chiloé, en especial sus antiguas iglesias de madera, sus casas junto al mar conocidas como palafitos y sus variadas construcciones, muchas cubiertas por tejas de alerce (una madera muy dura y resistente al agua), fue reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 2000.

La Región de Los Lagos, la de Los Ríos y Chiloé, constituyen un lugar muy particular del planeta, donde la fuerza y belleza de la naturaleza alcanzan una dimensión de la Tierra, cuya originalidad no acepta comparaciones. El pueblo mapuche, que ha habitado estas regiones desde el comienzo de los tiempos, corona con su dignidad inquebrantable los atributos de una mutua correspondencia entre los hombres y su hogar.

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por Renato Ortega Luère