Abr 12
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PEDRO EL GRANDE, LAS LLAVES DE SAN PETERSBURGO

POR: RENATO ORTEGA LUÈRE

Es Pedro y lo llaman El Grande. Tal vez por su gran estatura. Lo cierto es que hablamos del Zar de Rusia, tercero en la Dinastía de los Románov. Y lo es desde que cumplió diez años, aunque comenzó a gobernar a los diecisiete.

Rusia vivía inmersa en un evidente atraso, la pobreza era una constante, reinaba una mentalidad medieval sustentada por los boyardos, una reducida nobleza, fatua y egoísta, a la que no le interesaba cambiar nada; y una inmensa masa de campesinos pobres sometida. El padre de Pedro, Alejo I se había contentado con mantener control sobre el imperio, para lo que aplicaba mano dura a quien se le opusiera, incluyendo a la Iglesia ortodoxa, a pesar de su fanatismo religioso. Las decisiones las tomaba rodeado de retrógrados nobles en Moscú, aquellos que miraban con fervor hacia el Lejano Oriente, admiradores de los grandes imperios chinos, indio y japonés. Para ellos, Europa quedaba cada vez más lejos.

Pedro fue radical en su convencimiento de que la mirada debía dirigirse a Occidente, a Europa. En lo formal, le ordenó a los nobles cortarse la barba y a vestirse al modo occidental. En lo de fondo, las reformas fueron mucho más profundas. Había que cambiar el modo de producción, pasar de una sociedad esencialmente agrícola a una economía de intercambio mercantil, un Estado moderno.

Pero ¿de dónde provenía Pedro El Grande? Nació en Moscú en 1672 del vientre de Natalia Narýshkina, la segunda esposa del Zar Alejo Mijáilovich, hijo del fundador de la dinastía, Mijaíl Románov. La recia personalidad de su padre influyó mucho en su formación y en el carácter determinado que mostró a lo largo de su vida.

Una vez que su padre falleció y él fue coronado Zar -conjuntamente con Iván V, un hermano idiota- fue Sofía, su media hermana mayor, quien dirigió sus primeros pasos hacia una comprensión del imperio. Para Pedro, había que cambiarlo todo.

Decidió entonces conocer su reino. Emprendió un largo viaje a través de los vastos territorios que lo conformaban. Viajaba de incógnito para entender sin prejuicios la realidad de sus súbditos. Finalmente, en 1696, asumió el mando del imperio. En Moscú, entró en contacto con comerciantes europeos de los que recibió una influencia política, que lo llevó a emprender otro viaje, esta vez a Europa. Dada su irrefrenable atracción por la navegación, -cuando fue posible- se embarcó y atravesó ríos y canales hasta alcanzar finalmente Ámsterdam, por entonces, el puerto con los más avanzados astilleros del mundo.

Quería aprender las artes y ciencias y desde su llegada se postuló como ayudante de carpintero, sin que el maestro armador de barcos supiera de su condición de Zar.

Le interesaba conocer el arte de fabricar barcos ¡Y vaya que aprendió! Dado que las mercaderías se transportan por el mar, debía crear una flota mercante, y por ello, necesitaba aprender cómo fabricar barcos. Frente a un mapa, concluyó que la única salida posible era al Mar Báltico, pero los suecos tenían el dominio total de esas aguas y muchos barcos con que defenderlas. Había que aprender a construir barcos de guerra, pero con manos rusas.

“NO HAY GRANDEZA DONDE FALTAN LA SENCILLEZ, LA BONDAD Y LA VERDAD.”

León Tolstoi

Durante el tiempo libre, comenzó a acudir a un consultorio dental donde el profesional que allí atendía lo aceptó como su ayudante. De este modo conoció las técnicas e instrumentos necesarios, que luego replicó en Rusia, incluyendo una novedosa silla para el paciente. Él mismo se aventuró a sacar muelas y lo hizo bastante bien, puesto que al regresar a Moscú, le realizaba extracciones a los nobles adoloridos. También llevó a Rusia el primer microscopio, aunque incluyó semillas de papas y girasoles.

Pedro contrajo matrimonio, forjado por su madre, con Eudoxia Lupojiná, con quien procreó tres hijos, pero fue poco el tiempo que duró, porque pronto la dejó a cargo de un convento. Años más tarde, habitualmente cruzaba a remo el río Neva a visitar a un amigo, quien residía en la otra ribera; y fue en esa casa donde se enamoró perdidamente de su sirvienta Marta Skavrónskaya, con quien se casó secretamente más tarde y a la que dejó como sucesora con el título de Catalina I, Yekaterina en ruso.

La necesidad de tomar posesión del Mar Báltico le condujo a sus costas para estudiar la geografía en detalle. Escogió una isla estratégicamente ubicada a la desembocadura del río Neva, donde construyó un fuerte. A partir de este primer asentamiento enfrentó con éxito a los suecos, quienes después de varios años de resistencia, terminaron cediendo ese territorio. Fue allí donde Pedro desarrolló su sueño en 1703: una nueva capital para el imperio. La llamó San Petersburgo, no por su nombre propio, según explicó, sino por el dueño de las llaves del cielo. Y obligó a la nobleza moscovita a construir sus palacios en la nueva ciudad. Muchas sublevaciones impulsadas por diversos actores, terminaron aplastadas por Pedro, en su arrasador propósito de modernizar Rusia. Una innovadora reforma fiscal le permitió financiar su ambicioso plan. Realizó también drásticos cambios en la educación.

Pedro El Grande fue mucho más grande por la modestia con que ejerció el poder durante cuarenta y dos años. No necesitó de ostentosos palacios para mostrar su grandeza. Construyó, en cambio, una pequeña cabaña de madera, muy semejante al camarote de un barco (su pasión), donde residió en sus primeros años. Más tarde levantó lo que llamaron la Residencia de Verano, una simple casa junto al río, que ocupaba por temporadas. Ambas siguen en pie hasta ahora.

Pedro, el carpintero, el visionario, muy criticado por su determinación y a veces hasta por su intemperancia, fabricaba sus botas y remendaba sus vestimentas: sostenía su poder en algo más que la vanidad y el provecho personal. Fundamentó su existencia en mejorar la vida de sus semejantes con un ejemplo de entrega y sencillez, tan escaso como digno de replicarse.