Feb 22

París, la pátina del tiempo

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Sobre las piedras que cubren sus intrincadas calles ha quedado secretamente impreso el rastro del pasado. Los altos muros de sus palacios, catedrales y edificios guardan el grito humano de rebeliones y estallidos. El ronco sonido del cañón ha extendido su eco entre callejones y avenidas. Aún resuenan los clarines de la gloria y el murmullo de la muchedumbre frente al persistente y marcado taconeo de las botas de los soldados. La pátina del tiempo es la huella perenne.

Es París, el grácil asentamiento junto al río, el burgo de carácter propio, la ciudad del fulgurante esplendor. Y su esplendor parece eterno, tan eterno y cautivante como su luz.

Todo empezó hace algo más de dos mil años, cuando el pueblo celta conocido como los parisios (en latín, parisii) decidió habitar una isla en medio de un río, cuyos dos brazos de agua le sirvieron para protegerse de los invasores, que no demoraron en llegar: el Imperio Romano se expandía, la isla fue sitiada y finalmente tomada en el año 62 a.C. De inmediato, los romanos llamaron a sus habitantes galos, y a la ciudad en la isla -conocida hasta entonces como Lucoticia- la rebautizaron como Lutecia. El río -antes el Sena- fue denominado Sécuana. De este período se conservan hasta hoy las Arenas de Lutecia, un campo para combates entre gladiadores, luego destinado al teatro, la lírica y demás artes escénicas. También de esta época provienen las termas de Cluny.

En el siglo V, la ciudad vio llegar a los hunos, pero Atila, su líder (la leyenda religiosa atribuye la salvación de la ciudad a los poderes de Santa Genoveva, hoy patrona de París), decidió continuar su paso para realizar más invasiones y saqueos.

Debieron pasar más de cuatro siglos para que Clodoveo, rey de los francos (etnia de origen germano), se la arrebatara a los romanos, llamándola París, y en el 508 d.C. la designara capital de un vasto territorio circundante al que le puso el nombre de Francia. Durante el siglo noveno, los continuos ataques normandos obligaron a sus habitantes a abandonar la ribera izquierda del Sena, para protegerse en la isla de La Cité y de San Luis.

Próximo a cumplirse el primer milenio, la ciudad conoció el esplendor: se poblaron ambas riberas y en la isla principal se comenzó la construcción de la catedral gótica de Notre Dame, ejemplo de un medioevo marcado por el avance del cristianismo en Europa. Cerca de trescientos años más tarde concluyeron las innumerables modificaciones de este monumental edificio, ícono de la ciudad. La catedral volvió a ser intervenida a mediados del siglo XIX, versión que puede apreciarse hasta nuestros días. Curiosas resultan hoy las esculturas que adornan la catedral en su exterior: demonios exhibiendo tentaciones posibles y animales monstruosos (gárgolas) que representan el mal o que aspiran a ahuyentarlo.

La Sainte Chapelle, también ubicada en La Cité (Conciergerie), es una capilla de refinado estilo gótico, construida en apenas siete años (1241-1248). Conserva dos tercios de sus virtuosos vitrales originales y es considerada una verdadera joya arquitectónica.

Durante ese período, el rey urbanista Felipe Augusto ordenó alzar grandes muros en torno a la ciudad para protegerla y varias puertas siguen hasta hoy marcando un límite ampliamente superado. El eje central norte-sur lo cerraban las puertas de St. Martin y de St. Jacques, respectivamente, y solo se conserva la primera. El viejo Louvre, una fortaleza ubicada en la margen derecha del río, fue otro de sus aportes a la protección de la ciudad. Más tarde convertida en residencia permanente de varios reyes, hoy luce muy diferente, hasta haberse convertido en uno de los museos más importantes del mundo.

Una de las creaciones más relevantes del medioevo fue la Universidad de La Sorbona (1257), cuyo nombre proviene de su fundador Robert de Sorbonne. Está entre los  más  antiguos centros del conocimiento del mundo y su fama se extiende más allá de las fronteras del continente europeo. Se ubica en el distrito V (arrondissement en francés) en medio del Barrio Latino, uno de los originales distritos de la ciudad, que comparte con los Jardines de Luxemburgo, el Panteón, la Facultad de Ciencias, el Museo de Historia Natural y otros edificios importantes.

Entre 1337 y 1453 (116 años) franceses e ingleses se disputaron Francia. Conocida como La Guerra de los Cien Años, esta resultó de la constante lucha por el trono en ambas naciones y de regiones que -según las respectivas dinastías afirmaban- pertenecían a una y a otra. En París, la construcción de la fortaleza de La Bastilla tuvo el fin de proteger la entrada Este de la ciudad del invasor inglés. Hoy solo quedan las bases de esta poderosa y eficaz construcción.

El renacimiento hizo su entrada en París, y aportó una plaza para cada rey: la plaza Douphin para Enrique IV, la plaza de La Concordia para Luis XV, la plaza de los Vosgos para Luis XIII, y así en adelante. Todas se conservan con algunos cambios y todas revelan la reafirmación del poder real. Y es frente a este poder que se rebela el pueblo francés en una revuelta que termina en revolución: en 1789, la toma de La Bastilla resulta en su destrucción. Este vigoroso movimiento social conduce a la proclamación de la República en 1792 y al año siguiente, a la decapitación de Luis XVI y de María Antonieta en la plaza de La Concordia.

Pocos años más tarde, un militar corso interrumpió la revolución a través de un golpe de Estado. En 1804, Napoleón Bonaparte logró ser consagrado emperador en Notre Dame. París le debe a él la construcción de los muelles, la excavación de los alcantarillados, la numeración de las casas y el Arco del Triunfo, entre otros aportes.

Su fulgor duró poco: murió exiliado en la remota isla de Santa Elena, en el Atlántico, y años después, sus restos fueron repatriados y sepultados en el complejo de los Inválidos (construido en 1674), muy cerca de la Escuela Militar, en el distrito VII,  donde reposan hasta hoy.

Si existe un personaje que cambió la cara de la Ciudad Luz, ese fue un prefecto: el Barón Haussmann. Su título nobiliario lo recibió de Napoleón III, sobrino de Bonaparte, quien también se había proclamado emperador en 1852 y que resultó ser el último monarca de Francia. El prefecto fundamentó sus cambios en la destrucción del París antiguo y en su reemplazo por uno nuevo. El derrocamiento de vastos sectores de calles estrechas fue planeado para la construcción de amplias avenidas que los parisinos convinieron en llamar bulevares. La circulación se tornó más expedita y las estaciones del recién llegado ferrocarril –las conocidas Gare de Lyon, Austerlitz, Montparnasse y otras- se unieron a través de estas anchas vías. Dos mil hectáreas de bosques, calles arboladas y   aceras se incorporaron al paisaje urbano. El edificio de la Ópera Garnier corresponde también a este período.

En 1889, un connotado ingeniero inauguró su creación temporal: Gustave Eiffel, el constructor de la torre que lleva su nombre, aunque no haya sido su diseñador. Debía permanecer veinte años, pero persistió hasta convertirse en el ícono más representativo de la ciudad. Siete millones de personas la visitan cada año, lo que resulta una cifra abrumadora frente a los algo más de doce millones de habitantes del área metropolitana de París.

Una innovadora contribución al transporte fue la construcción del Metro, iniciada en 1898. Hoy es una red de trenes, en su mayoría subterráneos, con una longitud de 219 kilómetros.

La primera y segunda guerras mundiales afectaron duramente a la ciudad. El reconocido Arco del Triunfo encarnó la derrota: las botas de soldados alemanes resonaron en su bóveda hasta 1944, año de la liberación de París.

Esos tristes recuerdos han sido superados. Como contraparte, la bullente actividad cultural no ha cesado y es París la ciudad que ilumina al mundo en toda dirección. Desde cada uno de sus innumerables museos  (Louvre, Orsay,  Jeu de Paume, etc.), el Centro Cultural Pompidou, las infinitas galerías de arte, los teatros (Châtelet, de la Ville, Maison de la Poesie, y tantos más), las casas de Víctor Hugo y de Balzac (Passy),  la cultura resplandece en París.

París es una ciudad magnética. Hay una poderosa razón para explicar su fuerza de atracción: su historia, su pasado, las vidas que la han ocupado desde sus inicios, los hechos que allí se han suscitado a lo largo de tantos siglos.

Es así que el esplendor se extiende a través de su historia, y cada paso de sus habitantes de antaño y de hoy ha quedado impregnado y es visible en esa imborrable pátina del tiempo.

por Renato Ortega Luère