Ene 28
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OTTO SONENHOLZNER

Si decir mentiras me permite hacer una carrera política, dudo que opte por ella.

Por: Hernán Higuera

Su experticia en el mundo empresarial le ha dado otra visión sobre el país y sus necesidades;
un acercamiento para conocer la estrategia del vicepresidente y planes de futuro…

Son las 8:30 de la mañana de un lunes. Sobre la calle Benalcázar, en el Centro Histórico de Quito, se visualiza un constante desfile de personas de este Ecuador diverso. Confluyen indígenas, comerciantes, transportistas, policías, militares, estudiantes, monjas, sacerdotes, taxistas, serranos, costeños y las autoridades del país.

Desde esa hora se siente la adrenalina de los miembros de la escolta, presurosos ajustan el operativo de llegada del vicepresidente a su despacho. En la calle hay quien ordena que se detenga el tránsito para el arribo de la caravana; en la prevención del edificio, quienes tienen cita con él cumplen un protocolo de seguridad para el acceso, en medio del correteo de los guardaespaldas. “¡Ya está llegando!”, se escucha decir por la radio que tiene uno de los custodios en el ingreso e, inmediatamente, el ascensor se bloquea en el subsuelo para dirigir al vicepresidente hacia su oficina.

De nada sirvió el operativo, porque Otto Sonnenholzner no es como aquellos personajes que se sienten importantes por el solo hecho de tener un escuadrón de seguridad a su alrededor. Al bajarse del auto, decidió subir las gradas tranquilamente junto a un colaborador que lo acompaña. Mientras lo hace, exhibe felicidad, porque durante el fin de semana ha podido terminar junto a uno de sus tres hijos las tareas escolares. Es una de las tantas cosas que extraña desde que fue nombrado el tercer vicepresidente del actual Gobierno. Su despacho tiene varias imágenes de su familia; aunque sus hijos y su esposa están presentes no solo en portarretratos, sino en su conversación.

Ha cumplido un año de un trajinar al que no termina de acostumbrarse. No está en su ciudad natal, Guayaquil, ni en sus empresas de comunicación, comercio, construcción y agricultura. Tiene a su alrededor gente que, de pronto, pasó a ser parte de su nuevo entorno, porque lo asesora, le lleva su agenda y le da seguridad.

A sus 37 años, Sonenholzner ha debido enfrentar una difícil situación económica y una severa convulsión social, por las decisiones adoptadas junto al presidente Lenín Moreno. Él no se arrepiente de las medidas, porque afirma y sostiene que es lo correcto para Ecuador.

El economista, empresario y radiodifusor es hoy uno de los rostros más visibles del Gobierno, a la hora de evidenciar los resultados del diálogo como herramienta para lograr acuerdos con sectores políticos y sociales. Recorrer el país para socializar las propuestas gubernamentales es una de sus principales atribuciones encargadas por el Presidente. En ese periplo, se ha encontrado con la indolencia y la falta de infraestructura básica en importantes sectores de la población y, cuando habla de esto, encuentra el porqué de ocupar este cargo. La decisión de ser vicepresidente no ha sido fácil y argumenta las razones.

¿Cómo ha cambiado su vida en este año que ejerce el cargo de vicepresidente de Ecuador?

Fue una decisión difícil e inesperada, fuera de lo normal. Recibí una llamada del presidente Moreno un miércoles o un jueves y tenía que posesionarme como vicepresidente un martes; entonces, imagínese lo que es cambiar la vida con tan poco tiempo para el análisis, para la valoración. Era un cambio radical, difícil de asumir, sobre todo porque en ese momento cursaba por una calamidad que entristecía a mi familia. Fueron días complicados, ya que una de las primeras cosas que hice después de posesionado fue enterrar a la abuela. 

Antes de aceptar, lo conversé con mi esposa, con mi familia, y lo vimos como un sacrificio; pero también como un honor de poder servir al país, resolver problemas e ir hacia adelante.

¿Por qué Lenín Moreno lo puso en la terna de vicepresidenciables? ¿Qué relación había con el Presidente?

Conocí al presidente Moreno en 2009, cuando yo dirigía la Asociación Ecuatoriana de Radiodifusión AER y me tocaba enfrentar las posiciones del Gobierno de Rafael Correa, que claramente atentaban contra la libertad de expresión. En esa coyuntura, encontré en esta misma oficina precisamente a quien para ese entonces era vicepresidente.

Lenín me recibió, conversamos y decidió ser un puntal y un soporte para contener las intenciones del Correísmo de socavar la libertad de expresión; algo se hizo mientras fue vicepresidente. Luego, se aprobó la Ley de Comunicación con los resultados que todos conocemos. Lo volví a ver en la campaña electoral, lo entrevisté un par de veces como candidato a la Presidencia y, cuando ya fue electo, no volví a tener contacto con él. No éramos grandes amigos, contrario a lo que muchos creen, por eso la llamada para proponerme el cargo me tomó por sorpresa.

¿Por qué cree que lo eligió si no se conocían mucho?

Él sabía quién era yo y, evidentemente, tenemos personas en común que le habían referido mis atributos, que él consideraba necesarios para sustituir a Alejandra Vicuña. Estaban buscando a alguien fuera de la política —por las dos malas experiencias anteriores— y, pues, tenían un perfil como el mío: una persona joven, empresario con cierto conocimiento de la política —por la experiencia en la comunicación—, con algo de vida pública a nivel gremial. También creo que fue evidente que mi nombre lograba consolidar los votos dentro de la Asamblea Nacional y aquí estoy un año después.

¿Ayudaba su cercanía a los Socialcristianos y Creo para lograr los votos que lo eligieron?

Evidentemente, el oficialismo no tenía los votos suficientes para poner vicepresidente. De hecho, en el caso del nombramiento de Alejandra Vicuña, lograron hacerlo de forma ajustada; en mi caso, se lograron los 93 votos y solo se abstuvo el Correísmo. Cuando se dio la votación por mi elección, se dio el mensaje de unidad al país y eso es lo que yo he venido haciendo en estos meses: tratar de sacar las cosas en conjunto, más allá de las ideologías.

Dicen que su nombre fue una imposición del exalcalde Nebot a cambio del acuerdo político en la Asamblea…

No es así. Yo agradezco las opiniones favorables que Nebot y otros líderes políticos han tenido hacia mí, pero debo decir que no tengo ninguna relación con el Partido Social Cristiano ni con el exalcalde de Guayaquil. Lo único que me une es conocerlo, porque lo he entrevistado por años en Radio Tropicana, y ser guayaquileños. Los intereses de la ciudad, quizá, han sido los únicos que compartimos en varias ocasiones, pero nada más; porque yo nunca he militado en ninguna tienda política. Y quien nombra al vicepresidente es el Presidente de la República.

¿Alguna vez se involucró en política?

Hice política estudiantil en mi Colegio el Alemán Humboldt; fui presidente del consejo estudiantil y ha sido mi única experiencia en política. He tenido el honor y la suerte de servir a la Asociación Ecuatoriana de Radiodifusión y eso me catapultó a tener un poco de vida pública, por la que la gente me conoce. Siempre me he dedicado a la empresa, me he dedicado a trabajar, a formar mi familia. Gracias a Dios, tengo tres hijos sanos y una esposa maravillosa que me quiere, y eso para mí es la felicidad.

Cuando asumió el cargo como Vicepresidente de la República, señaló que hará una pausa en su vida personal, una pausa de poco más de dos años. ¿Vale la pena?

Ha sido una pausa con muchos cambios en mi vida profesional y familiar, porque, evidentemente, yo era un padre muy involucrado con mis hijos. Para mí, dormir en mi casa junto a mi esposa todos los días es muy importante y, desde que asumí el cargo, pues no lo puedo hacer; es una de las restricciones que ahora tengo y me cuesta mucho. También he puesto una pausa a mi vida empresarial, he debido crear una estructura legal, para no tener nada que ver en mis empresas mientras estoy ejerciendo esta función… Y hay algo que quiero repetir y dejar en claro a quienes intentan siempre generar suspicacias: en la Vicepresidencia de la República no tengo hermanos, no tengo primos y no tengo tíos. Esa es y será mi actitud mientras esté aquí, porque quiero marcar la diferencia en este tipo de cosas que, lamentablemente y sobre todo en esta dependencia del Estado, era una situación normal. Mi familia y mis empresas no tienen nada que ver con el Gobierno Nacional, se manejan completamente al margen y así va a ser.

Cuando uno ejerce el periodismo, siempre se cuestiona al poder. ¿Usted extraña cuestionar al poder?

No, porque ahora cuestiono todos los días el mismo trabajo que hace el Gobierno. He aprendido que gobernar es cuestionar y corregir. Soy consciente de que no todo lo hacemos bien, hay mucho que cuestionar y corregir; pero hacerlo desde adentro no es tan fácil, porque existen ideas extraordinarias y gente de primera, pero también te encuentras de lo otro. Me he dado cuenta de las grandes diferencias entre el sector privado y el sector público y, evidentemente, sí sirve tener experiencia en el sector privado. Tener esta experiencia en el sector público también me va a servir en la vida.

¿Y a quién ha cuestionado dentro del Gobierno?

No se trata de cuestionar a personas, lo ideal sería poder lograr cambios importantes independientemente de quién esté al frente de las instituciones, porque si se continúa dependiendo de las personas en Ecuador, no vamos a ningún lado. Lo ideal es que, cuando se tomen decisiones, sean definitivas, que nadie las pueda alterar, sobre todo, cuando se trata de una buena decisión.

Ahora mismo tenemos una discusión interna respecto al tema de compra de medicamentos. Hay denuncias de corrupción y es una preocupación del Gobierno Nacional, porque se siguen robando cientos de millones de dólares y el deseo es acabar con esos negociados que no son nuevos, lamentablemente.

Más allá de investigar, de coger a uno o dos o tres y buscar a los responsables o cambiar autoridades, lo importante es que eso ya no ocurra en el país. Y lo que estamos haciendo es buscar el mecanismo para que la compra y la distribución de medicinas se haga de forma independiente, al margen de las autoridades.

Le vamos a presentar al país, próximamente, ese tipo de soluciones, que requieren de permanencia en el tiempo para erradicar los problemas. Esos cambios estoy impulsando, es un trabajo duro.

¿Cuál será su huella tras dejar el cargo?

Precisamente este tipo de cambios, que muy pocas veces la gente se entera. Para mencionar otro ejemplo: hay la idea de subir en un 10 % el contenido del etanol para los combustibles, que hoy siguen teniendo subsidio en el país; ahorraríamos alrededor de 200 millones de dólares al año, reemplazando el etanol por la compra de nafta. Ese es un cambio permanente, positivo, económico, ambiental y social. Esos son los cambios que se requieren y que nadie pueda alterar.

Y ¿por qué no se lo hace?

Porque hay trabas, porque hay gente dentro de las propias estructuras del Estado a las que hay que convencer, porque hay que invertir dinero para cambiar las estructuras existentes y porque cosas como estas no se hacen de un día para el otro. Ojalá fuera así, aunque debo decirle que hay cosas que sí se pueden hacer, como los cambios que he hecho aquí en la Vicepresidencia inmediatamente. Lo hice volando, en dos semanas.

¿Qué cambios hizo?

Yo no voy a satanizar ni maltratar al funcionario público, porque sería injusto. Hay funcionarios públicos buenos y malos, como todo en la vida. Son necesarios, pero lo que no puede haber es personas recibiendo sueldos del Estado sin tener un rol definido ni necesario. Decidí que lo innecesario se vaya.

De 230 personas, nos quedamos 116; de 50 vehículos que había, nos quedamos con 12; de dos edificios que ocupábamos, devolvimos el de El Comercio, para quedarnos donde funciona el despacho. Esto significó la disminución de hasta un 35% en el rubro de gastos de la institución.

En lo personal, trato de ahorrar en mi forma de movilizarme, dentro y fuera del país; lo hago sin comitivas de 20 o 30 personas. Viajo en vuelos comerciales, me hospedo en hoteles de clase turista… Creo que, si uno está en este cargo, es porque tiene la capacidad de responder cuando se trata de representar al país frente al mundo, y si hay alguna necesidad específica, las telecomunicaciones nos permiten contactar directamente con el funcionario adecuado, para obtener la información y responder.

Viajo con un acompañante y eso ahorra cientos de miles de dólares al país. Alguien podría pensar que se trata de ahorros de cocinera, pero, si se pone uno a hacer números, los ahorros son cuantiosos. Un viaje mío que costaba 300.000 dólares se redujo a 5.000. Esos 300.000 dólares son los que se debe a muchos municipios por el Impuesto al Valor Agregado (IVA). En el país, se perdió la proporción de las cosas, todo se sobredimensionó; la desvergüenza y el despilfarro hicieron que perdamos de vista la realidad del país.

Soy de los que creen que, cuando hay bonanza, hay que ser más respetuoso de los fondos públicos; eso es entender la magnitud del costo del dinero. Lamentablemente, aún hay muchos que no entienden que son recursos que hay que cuidarlos, porque no son nuestros; no entienden que hay prioridades desatendidas.

Cada vez que recorro el país, me apena que sigamos discutiendo sobre necesidades básicas insatisfechas —como agua potable, alcantarillado—; que tengamos que hablar de desnutrición en el siglo XXI, después de que pasó tanto dinero por municipios y prefecturas. Eso me apena.

¿Cree que sus compañeros de Gabinete hacen lo mismo por ahorrar?

Hemos tenido discusiones internas muy importantes, hay quienes han hecho lo mismo y quienes no. Tienen sus posiciones y sus explicaciones, porque hay sectores donde es más difícil recortar. Yo solo pido austeridad en función de respetar los recursos públicos, para poder hacer lo que es prioritario e importante.

¿Se puede ahorrar más?

Claro que sí, seguiré insistiendo y no me voy a cansar. El Estado es gigantesco y se ha logrado apoyar el plan de austeridad. Desafortunadamente, no tengo la potestad de decidir sobre todo, pero se ha hecho con lo que se ha podido y eso lo sabe el Ministerio de Finanzas.

En este año, ¿qué es lo que más le ha molestado?

La indolencia.

¿De quién o quiénes?

En general. Hay problemas con la posibilidad de solución rápida y observo a una autoridad que no tiene la celeridad necesaria para salir a resolverlos. Para mí, eso es indolencia. La función pública no es para estar cómodos.

¿Hay un caso específico que nos pueda citar?

No me gustaría hablar mal de mis compañeros de trabajo, pero sí advertir que la indolencia es un gran problema y sigue ocurriendo. Hay instituciones públicas que ya casi funcionan por sí solas y no quieren entrar en la línea de las decisiones de Gobierno. Esto complica, porque se van postergando acciones y decisiones. Cada día que pasa, insisto, son recursos que podríamos ahorrar a unos y destinar a otros.

¿Usted le está dando la razón a la dirigencia indígena de la CONAIE cuando le dijeron al presidente Moreno, el pasado mes de octubre, que hay ministros vagos?

No, yo no estoy hablando de los ministros, estoy hablando de funcionarios públicos en general, que están en todas partes. Hay decisiones que no recaen en manos de los ministros… Y no, no les estoy dando la razón a los dirigentes indígenas, porque los ministros son gente muy capaz, gente de primera. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, nuestro país tiene un gabinete de primer nivel; que evidentemente tiene restricciones, que seguramente tiene equivocaciones, pero lo cierto es que hay buena voluntad y disposición de hacer las cosas bien.

Entonces, ¿los indolentes son alcaldes, prefectos y los que siguen?

Yo creo que sí. Usted sabe que soy el funcionario que más recorre el país y tengo una relación directa con las autoridades locales, porque las necesitamos para resolver problemas. Los principales problemas del país tienen que ver con infraestructura básica, que no es competencia del Gobierno Nacional; sin embargo, hemos destinado miles de millones de dólares para que los municipios puedan hacer obras de infraestructura —para la entrega de agua potable y alcantarillado—. Sabemos que sin eso no hay desarrollo y estamos para empujar la solución. Yo no puedo hacer la obra, por eso los visito, para motivar la solución de problemas, para que dejen la indolencia, que trabajen con honestidad, celeridad, y que dejen las obras bien hechas.

En la crisis de octubre, le tocó a usted jugar un papel importante en cuanto a la conciliación social por las decisiones gubernamentales. Fueron 13 días ajetreados y violentos, en los que la sociedad criticó duramente al Gobierno

Yo estuve donde tuve que estar, siempre. Yo doy la cara, porque creo que el Gobierno quiere hacer lo correcto. Lamentablemente, en este país, desde siempre, los políticos han preferido hacer lo popular y es momento de que, por primera vez, alguien haga lo correcto por encima de lo popular.

Lo correcto es dejar de subsidiar a quienes no necesitan que se les subsidie; discúlpenme, pero la política de subsidios nos ha costado 100.000 millones de dólares y ¿quién ha salido de la pobreza gracias a esa política en los últimos 45 años? Nadie. Entonces, por qué hay que mantener lo que no funciona y no tiene sentido social, si beneficia al que más tiene en un 75% según el BID. O sea, los beneficiados son los más ricos.

Y no es que los ponga en el mismo saco, pero los otros beneficiados son los contrabandistas y los delincuentes, las mafias que lucran de los subsidios. Entonces, vuelvo y pregunto: ¿qué sentido tiene mantener esa política?

Lamentablemente, ocurrió lo de octubre. Debo decirle al país que estábamos haciendo lo correcto: se eliminó el subsidio a la Súper, parcialmente, a la Extra y no ha pasado nada, no hubo inflación ni especulación. ¿Qué le ha pasado al país? Ahorró 300 millones de dólares.

¿Qué les falló al momento de tomar la decisión de firmar el Decreto 883, con el que se eliminaban los subsidios de la gasolina Extra y Diésel?

Calculamos mal los tiempos, porque ya había una movilización convocada, y manejamos mal la comunicación. Luego, sucumbimos ante una cadena de mentiras, que llevó al país hacia el caos. Políticos y dirigentes indígenas sembraron mentiras en las comunidades, que —luego de terminado el caos— he tenido que ir a frentear y lo seguiré haciendo.

¿A qué mentiras se refiere?

En las comunidades indígenas, sobre todo de la Sierra, les pregunto por qué salieron a las movilizaciones y me dicen: “Vicepresidente, a nosotros la eliminación del subsidio al Diésel no nos afecta, porque el uso de tractores es marginal y el riego se hace por la gravedad de los ríos”. Y me cuentan que protestaron, porque el Gobierno les da el bono a los venezolanos. Ese tipo de mentiras se sembraron en las comunidades indígenas.

También a nivel general, nos faltó explicar los beneficios de la decisión del Decreto 883, porque había la posibilidad de mejorar la calidad de vida, sobre todo, de los más pobres.

Pero sucumbieron y quedaron en intención…

Parcialmente, porque se avanzó en el subsidio de la Súper y la Extra; sin embargo, hay algo que le reconozco al presidente Lenín Moreno; porque, si en mí estaba la decisión, quizá habría tenido una actitud más perseverante frente a la eliminación del subsidio. Debo reconocer, digo, que sucumbir fue una decisión sabia del Presidente, porque si nos ponemos a observar y analizar lo que sucedió luego en los países de la región, las cosas pudieron ponerse peor. Entonces, al final, lo que se le dijo a Ecuador es que es mejor tener paz que tener la razón.

Sigo creyendo que teníamos la razón y que estábamos en lo correcto, pero duele y es triste ver que la gente más pobre y necesitada del país salió a defender los intereses de los más ricos, eso es lo que finalmente hicieron. De los 3.000 millones de dólares que el país gasta en subsidios, más de 2.000 millones siguen receptando los bolsillos de los que más tienen y eso es triste. 

Una de sus advertencias durante la crisis de octubre era que, si no se eliminaban los subsidios, peligraba la estabilidad de la dolarización. ¿La alerta sigue encendida?

La Ley económica urgente, afortunadamente, hizo algunos ajustes que nos ayuda a sostenerla, porque en verdad necesitamos dólares para apalancar. Seguimos gastando permanentemente más de lo que nos ingresa, eso no es sostenible y tenemos que cerrar el déficit. La dolarización hoy está segura, pero para mantenerla hay que hacer lo correcto. Estamos en ejecución de un plan B que, por ahora, sostiene la economía del país.

El día en que Ecuador exceda sus capacidades de repago y los multilaterales de crédito ya no le quieran dar dinero al país, ¿con qué pagamos sueldos? ¿Qué pasará ese día si dejamos de hacer lo que es responsable? Los ciudadanos tienen que entender que no podríamos pagar educación, salud, seguridad y empezaría el caos. El plan B contempla hacer más ajustes internos y buscar financiamiento externo en mejores condiciones, tomando las decisiones que hay que tomar para que esto pueda ser una actitud permanente.

Usted, como empresario, sabía la situación del país, ¿por qué está con el presidente Moreno?

Lenín Moreno pudo haber sido el último presidente en Ecuador que podía haber seguido con la irresponsabilidad del despilfarro, el sobreendeudamiento. Seguramente, pudo haberse ido en el 2021 como un gran presidente, muy reconocido por la gente; pero, si él hacía eso, el siguiente Gobierno ya no tenía salvación. El presidente Moreno ha empezado a contener un problema serio y grave. Ecuador es un tren directo a Caracas a toda velocidad; el Presidente lo ha frenado y ha disminuido la velocidad, para cambiarle el destino sin descarrilarlo y eso no es fácil… Es complicado, pero lo estamos haciendo enfrentando los problemas con valentía y tomando decisiones difíciles. Reducir el gasto público no es una tarea fácil cuando se estaba acostumbrado a la política de supuesta bonanza, que no era más que pan para hoy y hambre para mañana. Eso no puede ni debe seguir. No debemos acostumbrarnos a lo popular.

De acuerdo con lo que nos dice, ¿significa que gran parte del país no sintoniza con lo correcto? Hace pocos días aparecieron unas encuestas que ubican a los dirigentes indígenas de la movilización de octubre como preferencias presidenciales, ¿qué lectura le da usted a eso?

Primero que no es aún momento para encuestas, porque en un año pueden pasar muchas cosas. Lamentablemente, en Ecuador, nos acostumbramos a lo popular y el gran mensaje para los políticos es que hay que hacer lo correcto, de lo contrario, al país le puede pasar lo que a un padre de familia en su casa, este es el ejemplo: mi hijo no quiere estudiar, no quiere comer sano y prefiere golosinas; si yo le acepto todo eso a mi hijo, soy el papá más popular con él, ¡soy lo máximo como papá!, ¿verdad? Pero cuando mi hijo cumpla 17 o 18 años y vaya a la universidad, tendré un hijo engreído y diabético. Con el ejemplo, lo que quiero decir es que resulta duro corregir, pero cuando uno como padre lo hace está dando una verdadera muestra de amor. Engreír es lo fácil, corregir es lo difícil. Igual es gobernar: corregir es lo difícil y hacer lo que la gente quiere es lo más fácil.

¿Les va a alcanzar el tiempo para corregir?

Ya hemos hecho y bastante, y quien no lo quiera ver es porque cierra los ojos a propósito. Hagamos memoria y vayamos dos años atrás, para preguntarnos en qué país vivíamos y cómo vivimos hoy. 

Hoy tenemos institucionalidad, democracia, libertad y verdad enfrentando la corrupción, aunque la gente dice que de eso no se come y estoy de acuerdo; pero esa es la base de la estabilidad, para construir un país mejor.

Las cosas buenas no se construyen de un día para otro. Las cosas fáciles se hacen rápido, en 45 días de campaña electoral; los políticos hacen cambiar a Ecuador en el imaginario de los electores y dirán cosas que no se pueden cumplir. Lo que se debe hacer es controlar el tamaño del Estado, invertir en lo adecuado, priorizar el gasto en salud, educación, infraestructura básica, y olvidarse de los elefantes blancos y del despilfarro. Eso es lo que hay que hacer.

Sobre las encuestas, es triste ver que los ecuatorianos no rechacen la corrupción. Me entristece escuchar o leer a quienes defienden a un político que era un ladrón, “pero hacía obras”, ¡Dios mío, eso no puede ser!

¿Usted ha considerado hacer una carrera política? ¿Lanzarse a la presidencia?

Mucha gente me hace esa pregunta. Yo he dicho que soy un pésimo candidato y, aunque hay quienes me aconsejan que no diga esto, lo digo porque es una muestra de que soy un pésimo político. Solo los políticos no dicen estas cosas, pero yo digo la verdad y no voy a cambiar, porque no sé mentir; entonces, como no sé mentir, soy un pésimo político.

Pero dicen que en el poder se aprende a mentir…

Bueno, yo no. Ya tengo aquí un año y no voy a mentir ni me interesa ser mentiroso. Si decir mentiras me permite hacer una carrera política, dudo que opte por ella. Por ahora, con lo que estoy haciendo, espero por lo menos tocar el alma, el corazón y el cerebro de algunos ecuatorianos, para que ya no nos dejemos engañar.

En este momento, entonces, ¿está o no en sus planes ser candidato presidencial?

No está en mis planes, yo sigo siendo Vicepresidente de la República, y tenemos muchos problemas con poco tiempo para buscar soluciones. Por eso creo que ahora no debemos pensar en eso, no es lo adecuado. A su tiempo, el Gobierno buscará una alternativa democrática para las elecciones, ya sea dentro o fuera de él; o se pensará, quizá, en apoyar alguna iniciativa.

Lo que Ecuador no puede hacer es volver al abuso, al atropello ni al radicalismo. Con eso hemos experimentado demasiado. La única opción es ir a lo racional.

Si se lo proponen, ¿qué va a decir? Hoy, insisto, no está en mis posibilidades ni mis deseos. Además, es un tema que debo discutirlo a nivel familiar si fuera el caso.