Abr 03

OSCAR NIEMEYER Y UNA CAPITAL LLAMADA BRASILIA

Por: Renato Ortega Luére

«EN ARQUITECTURA, LO MÁS IMPORTANTE ES EL ASOMBRO».

OSCAR NIEMEYER

104 años de vida y más de 70 de una intensa y creativa actividad profesional, con el perdurable resultado de una arquitectura que sigue maravillando.

Aunque fue heredero de la tendencia brasilera hacia lo innovativo, su más fuerte influencia la recibió del genio de la arquitectura universal, Le Corbusier, el gran maestro de origen franco-suizo.

Se trata de uno de sus más altos discípulos, el arquitecto Oscar Niemeyer (1907-2012), quien —además de realizar más de 600 proyectos en todo el mundo— pudo jactarse de haber sido parte crucial del proyecto urbanístico que llevó a la construcción de la nueva capital de su país. Levantada sobre una planicie casi deshabitada, se ubica en el relativo centro geográfico de Brasil. Con ello, Niemeyer contribuyó al proceso que le arrebataría su condición de capital a la ciudad en donde él nació: Río de Janeiro.

Era 1956, y su maestro y mentor Lúcio Costa (de origen francobrasilero), luego de haberle dado su primer trabajo en su oficina de arquitectura, lo sumó al proyecto de la nueva capital, por méritos bien conocidos por Costa, el fundador de la escuela modernista en Brasil, de la que Niemeyer sería un fiel adepto. Ambos eran discípulos de Le Corbusier y parte del equipo que había concebido el edificio de las Naciones Unidas en Nueva York en 1952.

La idea original sobre una nueva capital provino de un extraordinario político brasilero, quien llegó a ser presidente de Brasil. Se trataba del único presidente de origen gitano, jamás antes elegido en el mundo entero. Su nombre era Juscelino Kubitschek (1902-1976), y sus padres provenían de la entonces Checoslovaquia. Este médico y político había conocido a Niemeyer desde cuando era alcalde de Belo Horizonte, pues juntos realizaron algunos importantes proyectos en esa región. Kubitschek quería darle un centro político a la administración del Estado, una nueva capital que reflejara —a través de su ubicación geográfica— su voluntad de equidad con todas las regiones del país. Una meseta, una sabana (o cerrado como le llaman en portugués) ofrecía las condiciones que buscaba para convertir ese propósito en algo real. Como Pedro el Grande en San Petersburgo, a Niemeyer se le encomendó crear una ciudad desde la nada, sin historia ni antecedentes; era una tarea monumental, inabarcable sin un equipo homogéneo, eficiente y con un firme acuerdo entre todos sus miembros. Pero al mismo tiempo, frente al arquitecto se desplegaba la posibilidad de una ciudad ideal —la concreción de la utopía—, que podía imaginar, planear y realizar bajo los principios de un modernismo brasilero, una visión propia, derivada de los principios de Le Corbusier y del Movimiento Modernista acordados en la Carta de Atenas de 1933.

Fue Lúcio Costa quien se encargó de la planificación urbana y Niemeyer tomó a su cargo el diseño de los principales edificios, en un trabajo donde ambos debían articularse para darle forma a una ciudad a escala humana, que resultaba de un proceso histórico profundo, que abarcó lo social y lo económico desde la política. El escritor francés André Malraux la llamó “Ciudad de la Esperanza”, por el carácter igualitario y democrático con que se la concibió.

En el plano, la nueva capital tomó la forma de un avión, de una cruz o de un ave. Dada la condición árida del terreno, se represó un gran lago artificial al que llamaron Paranoá, que sería el espejo de agua y frescura de la ciudad; elemento que Niemeyer utilizó en torno a buena parte de sus construcciones.

A cada costado de la columna vertebral del ave, la arteria principal de la ciudad, Costa y Niemeyer ubicaron los edificios principales. La llamaron Eje Monumental, un espacio abierto, rectangular y bordeado por dos autopistas de ocho carriles. Y las alas del ave constituyeron los edificios de vivienda, sin alineación, en una dispersión tal que los espacios de alrededor fueron dedicados a áreas verdes.

En la cabeza del ave se ubica la Plaza de los Tres Poderes, que parte del concepto de armonía entre el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Cada uno está representado por edificios de refinada arquitectura y exquisita factura.

Para la Presidencia, Niemeyer diseñó el Palacio de Planalto (‘meseta’ en portugués). Este simple y ligero edificio, con tan solo cuatro pisos, es el lugar de trabajo del presidente, el vicepresidente y los consejeros. Un espejo de agua en torno al palacio refleja sus singulares formas. Para la residencia presidencial, el arquitecto concibió el Palacio de la Alvorada (‘amane- cer’) y, una vez más, sus dotes artísticas quedaron evidenciadas en esta innovadora obra.

Al Legislativo se le construyó el Congreso Nacional. Otra genialidad de Niemeyer, donde una semiesfera blanca representa el Senado y la otra, invertida, corresponde a la Cámara de Diputados. Dos torres entre ambas sirven de oficinas. Nuevamente, un enorme espejo de agua rodea al sutil edificio.

Para el Judicial se levantó el Supremo Tribunal Federal, una edificación de tres pisos, sin espejo de agua, con una moderna escultura en piedra frente a su fachada principal, que representa a una mujer sentada, con los ojos vendados y una espada desenvainada sobre su regazo.

A cada ministerio se le asignó un edificio en lo que vino a llamarse la Explanada de los Ministerios; destaca el Palacio de los Arcos o Itamaraty (nombre que provino del antiguo edificio en Río de Janeiro), donde desde 1970 funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores. Muchos la consideran la obra maestra de Niemeyer.

La Catedral de Brasilia es probablemente su edificio más audaz y escultural. Aunque agnóstico en sus convicciones, el carácter simbólico de esta enorme estructura conformada por 16 columnas hiperbólicas de hormigón que se alzan hacia el cielo, todas unidas por un techo de vidrio que lo permiten ver, evidencian la intención de enlazar a los fieles con su Dios.

Muchas son las obras de nuestro personaje en Brasilia y todas revelan su genio y personalidad. Sabemos que fue perseguido y exiliado por sus ideales políticos; sabemos que a los 21 años se casó con una joven de origen italiano, con quien tuvo una hija. Compartió 76 años de vida con Annita hasta su muerte. También sabemos que su confianza en el amor continuó, puesto que a los 98 años contrajo matrimonio con su secretaria.

Seguiremos disfrutando de sus creaciones y será Brasilia su mayor aporte a la cultura universal, su brillante presencia en la historia de la humanidad.

Sobre el autor Renato Ortega Luère: Cronista de viajes de esta revista desde sus inicios. Se dedica al periodismo para radio, prensa y televisión.