Ago 02
Marco Polo

MARCO POLO, EL VIAJERO DE LA TIERRA

VIAJAR HOY ES DESAFIAR EL TIEMPO: UN AVIÓN NOS SACA DE NUESTRA REALIDAD Y NOS PONE EN OTRA COMPLETAMENTE DISTINTA EN POCAS HORAS. PERO VIAJAR EN EL SIGLO XIII RESULTABA UNA EXPERIENCIA MUY DIFERENTE.

En 1254, en Venecia, nacía un hombre que cambiaría la visión del mundo, todo a partir de un viaje que le tomó 26 años hasta regresar a su ciudad. Cuando el joven Marco contaba con apenas 15 años, su padre Nicolo y su tío Maffeo, ambos mercaderes venecianos, decidieron sumarlo a su propósito de regresar al Lejano Oriente, en una travesía que entonces resultaba imposible imaginar y más aún realizar, pero que con la experiencia de su primer viaje resultaría menos arriesgado

La narración del segundo viaje se realizó mediante el registro de las experiencias de su protagonista y fue un escriba, llamado Rusticello da Pisa, quien caligrafió sobre pergamino los relatos que Marco Polo le refirió. El manuscrito se conoció universalmente como Los viajes de Marco Polo, en italiano como Il Millione (‘El Millón’), o como El Libro de las Maravillas. Su contenido revela las peripecias y los obstáculos que debieron sortear para alcanzar latitudes tan distantes de su natal Venecia. 

Pero lo más importante para la humanidad son las agudas observaciones de Marco Polo sobre la diversidad de culturas que encontró a lo largo del camino. Con estas, de algún modo, logró sacar a los europeos de su encierro y de su pretendida superioridad. Mientras en Europa se vivía en la barbarie guerrera, en China reinaba la paz y “una respetuosa familiaridad que distinguía su intercambio social”. 

Pero, además, Marco aportó a las ciencias con su aguzado sentido de la observación aplicado a las exóticas aves, las plantas y los árboles, que con delicada palabra describió en sus detalles, acciones y formas. 

Marco Polo siguió el mismo rumbo que su padre y tío habían tomado antes, cuyo propósito era el transporte de mercancías hacia y desde el Lejano Oriente, por la conocida Ruta de la Seda. Buscaban una tela cuyo origen y manufactura fueron guardados como un secreto por siglos. Esta tela es el resultado de la crianza de un gusano original de China, del que se extrae —desde hace cerca de 5.000 años— un hilo producido por estos insectos para envolver en un capullo a sus crisálidas.

Los mercaderes de Venecia podían adquirirla en Constantinopla (hoy Estambul), entre otras mercancías provenientes de lejanas y desconocidas tierras. Pero circunstancias políticas inesperadas los forzaron a navegar a través del Mar Negro hasta alcanzar la península de Crimea. Y, luego, la promesa de lograr mayores ganancias los llevó a remontar el río Volga y continuar su viaje hasta la ciudad de Bokhara o Bujará, en Uzbekistán, activo mercado de alfombras, cerámica policromada y bordados con hilo de oro. Desde hacía siglos, también era un centro cultural del islamismo y una de las importantes paradas en la Ruta de la Seda. 

Allí los viajeros conocieron al embajador de un gigantesco y poderoso imperio, quien los invitó a sumarse a su séquito para dirigirse a su destino final: China y su capital, Cambalú (Pekín). Después de varios meses de viaje fueron presentados ante el emperador mongol, quien gobernaba amplios territorios. 

El Gran Khan era descendiente directo del conquistador más audaz de todos los tiempos: Genghis Khan (emperador universal), bien conocido y temido en la Europa arrasada por él y sus eficientes jinetes, montados en caballos entrenados para la guerra. La dinastía Sung en China había sucumbido ante su poderío y ahora la tercera generación de sus descendientes mongoles gobernaba el esplendoroso Imperio, con tolerancia, honestidad y sabiduría. 

De hecho, en el primer viaje del padre y el tío de Marco hasta China, el emperador les había pedido que llevaran un mensaje para la autoridad de su tierra, el papa católico. El mensaje era de confraternidad y entendimiento, e incluía un singular pedido: que el Papa enviara a 100 de sus más doctos y sabios ciudadanos, para que llevaran su cultura y la compartieran con el Imperio que él presidía. 

Los venecianos retornaron a Europa para cumplir con la misión encomendada, pero llegaron tarde, porque Clemente IV había fallecido hacía un año y todavía no se había logrado elegir a su sucesor. También había muerto la esposa de Nicolo, la madre de Marco, quien tenía 15 años de edad. Por ello y tras esperar en vano el nombramiento de un nuevo pontífice, los tres Polo iniciaron su aventura con el propósito de comunicarle al emperador el fracaso de su misión.

Después de seis años de viaje, Marco Polo fue presentado al Gran Khan, quien lo acogió inmediatamente y lo incorporó a su corte. Veinte años disfrutó el viajero de la confianza del emperador, aprendiendo el idioma local, ocupando cargos en diversas regiones y cumpliendo varias misiones, que lo llevaron desde el océano Ártico y Siberia hasta el Tíbet. De todas sus misiones, el viajero debía reportarle al emperador lo que había visto y cada vez Marco aplicó sus habilidades narrativas para encantarlo.

Pero el Gran Khan envejeció y los mercaderes venecianos, temerosos del posterior trato con su sucesor, le pidieron poder regresar a su tierra por vía marítima. Aunque fue reticente, se embarcaron y recorrieron las costas del sudeste asiático, se encontraron con caníbales en Sumatra (Indonesia), visitaron los reinos de Siam (Tailandia) y Birmania (Burma o Myanmar) y, posteriormente, conocieron el té en Ceilán y las minas de diamantes de la India, sus extraños mitos y deidades, y la misteriosa isla de Zanzíbar en África del Este. 

Finalmente, en algún muelle de Venecia, desembarcaron estos tres viajeros de aspecto miserable. Fueron desconocidos por sus conciudadanos, hasta que de entre sus viejos ropajes surgieron cientos de piedras preciosas: el botín de los Polo. Con los recién llegados venía el extraordinario viajero de la Tierra: Marco Polo.