Feb 22

Lo latino, cinematográficamente de moda

Tras el éxito y la consolidación de los mexicanos Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, conocidos como los ‘three amigos’ de Hollywood, el cine latinoamericano no para de generar nuevos nombres y de consolidar la riqueza y variedad de una oferta que arrasa en los grandes premios cinematográficos. Y 2015 está siendo un claro ejemplo de ello.

A los cuatro Óscar logrados por González Iñárritu con Birdman -con mucho talento mexicano de por medio, pero una producción estadounidense-, se unen los numerosos premios logrados en los dos principales festivales cinematográficos del mundo, la Berlinale y Cannes.

El nuevo dúo mexicano
En un caso concreto, los mismos nombres se repiten en el palmarés de ambos festivales. Se les podría considerar como los nuevos ‘amigos’ del cine mexicano, aunque son dos en lugar de tres. Michel Franco (1979) y Gabriel Ripstein (1972) son la pareja de moda después de conquistar Berlín y Cannes.

Ripstein, nieto del productor Alfredo Ripstein e hijo del gran director Arturo Ripstein, se llevó el premio a la mejor ópera prima de la última Berlinale por 600 millas, sobre el negocio del tráfico de armas entre Estados Unidos y México, una película producida por Michel Franco.

Los papeles se invirtieron para Chronic, dirigida por Franco y producida por Ripstein, que salió triunfante de Cannes, donde se llevó el premio al mejor guion, en la historia de un hombre que cuida de enfermos terminales y que es incapaz de relacionarse con otros seres humanos.

Protagonizada por Tim Roth y rodada en inglés, la película continúa la buena relación de Franco con el Festival de Cannes, en el que triunfó en 2012 con Después de Lucía, en la sección ´Una cierta mirada`, y donde presentó en 2009 Daniel y Ana, dentro de la Quincena de Realizadores.

Las historias de Ripstein y de Franco son muy reales y muy centradas en los problemas de la sociedad, características comunes al cine actual, no solo de México sino de toda Latinoamérica.

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Historias tan pequeñas como poderosas
Es el caso de La tierra y la sombra, del colombiano César Augusto Acevedo, que narra el regreso a su hogar en el valle del Cauca de un campesino que abandonó su casa años atrás, y que vuelve para ayudar a cuidar de su hijo moribundo mientras su mujer y su nuera trabajan como corteras de caña.

Una película sobre “la identidad de un pueblo arrasado”, como la definió Acevedo en una entrevista con Efe, y que conquistó Cannes desde su honestidad.

Se llevó la Cámara de Oro a la mejor ópera prima de todas las secciones del festival, además de los premios a la película revelación y del público, en la Semana de la Crítica del certamen francés.

Otro colombiano, Ciro Guerra, obtuvo el reconocimiento más importante de la sección independiente Quincena de Realizadores, el Art Cinema Award, pese a que esa sección no es propiamente competitiva.

Guerra presentó la epopeya amazónica El abrazo de la serpiente, que sigue el rastro de dos exploradores occidentales en la Amazonía colombiana de la primera mitad del siglo XX, embarcados en un viaje en busca de una planta perdida en el que contarán con la ayuda de los chamanes del Amazonas.

Rodada casi íntegramente con lenguas nativas de la región, que se entrelazan brevemente con el castellano, el portugués y el alemán, Guerra optó por el blanco y negro para que el espectador se centre en los personajes y no en el paisaje.

También fue reconocido en Cannes como mejor filme -dentro de la Semana de la Crítica- Paulina (La Patota), del argentino Santiago Mitre, que cuenta con el protagonismo de Dolores Fonzi, que además se llevó el premio al mejor trabajo de las secciones paralelas de Cannes de la crítica internacional, Fipresci.

La semana premió esta película por “la originalidad de su tema y su mirada sin concesiones” y la Fipresci destacó la “original perspectiva” de un filme en el que Fonzi interpreta a una prometedora abogada que decide poner en práctica sus ideales políticos como maestra rural en la provincia fronteriza de Misiones, pese a las presiones de su entorno para no hacerlo.

Paulina -inspirada en La Patota (1960), de Daniel Tinayre- fue rodada en Misiones, un territorio fronterizo con Paraguay y Brasil donde todavía se conserva en parte la lengua guaraní, que ofreció la posibilidad de dar un contexto más rico a la incomprensión entre la joven abogada, hija de un juez, y sus habitantes.

También se destacan los documentales latinos
Y para redondear la buena cosecha de Cannes, el único documental latinoamericano que participaba en esta edición, Allende, mi abuelo Allende, se llevó el premio al mejor trabajo de este género, el Ojo de Oro.

El jurado destacó que es un “filme muy personal de una joven cineasta que trata de romper el silencio que pesa desde hace décadas en su propia familia sobre el personaje legendario que era su abuelo”.

La realizadora es la chileno-mexicana Marcia Tambutti, nieta del difunto presidente chileno Salvador Allende. Tambutti regresó a Chile en 2007 desde México, donde se había exiliado su familia, para recoger los testimonios de sus parientes sobre la faceta más personal de su abuelo.

“Yo tenía algo de miedo a abrir heridas. Creo que pararse y ver la vulnerabilidad de uno te hace más fuerte, pero entiendo el punto de vista contrario”, aseguró la realizadora a Efe.

Sobre la dictadura de Augusto Pinochet que siguió al derrocamiento de Allende trata El botón de nácar,  documental del chileno Patricio Guzmán que se llevó pocos meses antes el Oso de Plata al mejor guion de la Berlinale.

Tan preciosista como suelen ser todos los trabajos del veterano realizador chileno, El botón de nácar comienza como un excelente reportaje de naturaleza para transformarse en un relato sin concesiones de la historia de dos matanzas: la primera, el práctico exterminio de la población autóctona, y, después, los desaparecidos de la dictadura.

Berlinale y Sundance, rendidos a Latinoamérica
Pero no fue el único premio al cine latinoamericano de una Berlinale que concedió el Gran Premio del Jurado a un filme del chileno Pablo Larraín, El Club, que retrata la impunidad de una iglesia obstinada en lavar puertas para adentro pecados tales como la pederastia o la complicidad con torturadores, entre otras atrocidades.

También se llevó galardón en su primer intento el guatemalteco Jayro Bustamante, representante de una cinematografía mucho menos potente y muy poco conocida.

Su ópera prima, Ixcanul -un filme de corte indigenista y que era además la primera película de Guatemala que concursó en Berlín-, obtuvo el Oso de Plata Premio Alfred Bauer, que reconoce las películas que abren nuevas perspectivas en el arte del cine.

Un primer semestre que puede anticipar más premios, como en el caso del texano de origen mexicano Alfonso Gómez Rejón, triunfador de la última edición de Sundance con Me, Earl and The Dying Girl, y que muchos colocan en la carrera por los Óscar.

El realizador, de padres mexicanos y raíces españolas, no quiere oír hablar de esa posibilidad. “Aún faltan muchos meses para los Óscar y faltan por estrenar muy buenas películas. Por eso, me centro en el aquí y el ahora”, aseguró a Efe.

Y el presente, en su caso y en el del cine latinoamericano en general, no puede ser más brillante.

por Alicia García de Francisco EFE/REPORTAJES