Nov 27
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LEONARDO DA VINCI O LO QUE NUNCA SE TERMINA

“NO HE PERDIDO ANTE LA DIFICULTAD DE LOS RETOS, SINO CONTRA EL TIEMPO.”

Por: Renato Ortega Luère

Quien camine hoy por las calles de Florencia podrá vislumbrar lo que fue el escenario de los primeros años del hombre más talentoso que se haya conocido sobre la Tierra. Por ellas se desplazó para asistir al taller de su primer maestro, el afamado pintor de imágenes religiosas, conocido como Verrocchio. 

A mediados del siglo XV, Florencia era uno de los burgos más ricos de Europa, principalmente, por su industria artesanal de tejedurías. En grandes talleres, se manufacturaban sedas y brocados de Oriente, así como lanas de diversos orígenes. La estética de estos productos ganó fama mundial y propiciaron el ambiente en el que nuestro personaje desarrollaría sus más íntimos y valiosos atributos: la curiosidad, la imaginación y su inagotable creatividad e ingenio.

Como ciudad-Estado, Florencia era gobernada por una solo familia: los Medici, que decidía sobre la vida de sus súbditos. Nuestro artista en formación debió acudir a su protección a fin de obtener los medios para vivir.

Había nacido a escasos 25 kilómetros de Florencia, muy cerca de un pueblo llamado Vinci, en el caserío de Anchiano; hijo natural de messer Piero Fruosino di Antonio, (más tarde, un acaudalado notario florentino) y de Caterina di Meo Lippi, una humilde campesina de 15 años, quien decidió llamarlo Leonardo di ser Piero da Vinci (‘Leonardo, hijo de Piero, de Vinci’). Lo cierto es que fue su abuelo paterno Antonio y su esposa Lucía quienes lo tomaron inicialmente a cargo. Es probable que su abuela lo introdujera en su pasión —el arte de la cerámica— y así descubriera que su nieto tenía evidentes cualidades para la expresión artística.

Sin embargo, la ilegitimidad de Leonardo perduró y quedó evidenciada por los 12 hijos legítimos que su padre procreó luego, con las cuatro esposas que le sucedieron a su madre. Ella, por su lado, se casó una vez y tuvo cinco hijos más. Ninguno de los 17 hermanos perduró como Leonardo, aunque a la muerte de su padre, todos recibieran herencia, menos él.

Su paso por Florencia duró los primeros 30 años de vida, buena parte de este tiempo auspiciado por Lorenzo de Medici. Fueron años cruciales para enfrentar la segunda ciudad a la que se trasladó: la pragmática Milán. Allí, un poderoso Duque, Ludovico Sforza, lo contrató como ingeniarius ducalis bajo la intencionada recomendación de su rival del sur, Lorenzo de Medici, quien además alabó sus dotes para la pintura. En este ilustrado ambiente, Leonardo encontró el reconocimiento que merecía, después de elaborar innumerables proyectos, todos con el sello inequívoco de sus realizaciones: muy pocos fueron terminados. 

Su nuevo mecenas, por ejemplo, le pidió una escultura de su padre montado a caballo, de dimensiones tan colosales que pesaría 70 toneladas de bronce. Luego de esculpir en arcilla un modelo a escala real como molde, comenzó la preparación para fundirla. Pero la amenaza de invasión de la ciudad por los franceses desvió el bronce para la fabricación de cañones, y la escultura quedó solo realizada hasta la arcilla. Años más tarde, los franceses lograrían conquistar Milán y, para estupor del artista, encontró a los soldados invasores practicando tiro al blanco con su caballo de arcilla, que sucumbió así para siempre.

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Leonardo no se amilanó nunca con esa ni con ninguna frustración. Siguió su ingenio mejorando la funcionalidad de las herramientas, como telares, grúas y relojes, y muchos ríos fueron desviados hacia canales cuya utilidad fue ampliamente reconocida.

Durante este período en Milán fue maestro de muchos discípulos, cuya posterior trayectoria sería relevante en la historia del arte. También se le encargó la pintura de un fresco en el refectorio de un convento dominico, que él llamó La última cena. Fue tal el encantamiento que esta obra produjo, que un rey francés invasor quiso llevarse el muro completo a su país y, siglos más tarde, Napoleón caería en la misma tentación.

MUSEO LEONARDO DA VINCI

Circunstancias políticas lo dirigieron a una tercera ciudad: Venecia, donde temían una invasión turca desde el mar. Entre varios proyectos defensivos, Leonardo propuso una especie de escafandra submarina, clara precursora de aquellas que siglos más tarde usarían los buzos para alcanzar grandes profundidades. Los turcos nunca atacaron y su invención ya no fue necesaria.

El incansable Leonardo retornó a Florencia, donde recibió un nuevo encargo, esta vez sobre un problema hidráulico. Planeó entonces el desvío del río Arno que atraviesa la ciudad, mediante un sistema de esclusas (para conectar a la urbe con el mar y controlar las repentinas inundaciones), que igualmente se usaría más tarde en diversas partes del mundo, aunque nunca en Florencia.

A este período de su vida corresponde uno de los tantos retratos de ilustres personajes, tal vez la pintura más conocida y enigmática de toda su obra plástica. Abundan las interpretaciones sobre la sonrisa de esta mujer, en su mayoría, en el ámbito de las proyecciones fantasiosas del espectador. Leonardo nunca pudo prever la trascendencia universal que alcanzaría su alegre y juguetona Gioconda o Mona Lisa (‘señora’ en italiano antiguo y Lisa, por su nombre de pila). La técnica del sfumato la aplicó en este cuadro, por medio de la cual los contornos del personaje se difuminan (desapareciendo así las líneas rígidas de pintores anteriores), en búsqueda de una tridimensionalidad nunca antes lograda. Y nuevamente se especula sobre la ausencia de cejas y pestañas en la modelo (¿nunca lo terminó?) y sobre la discordancia de los fondos del cuadro a cada lado de ella. 

MUSEO LEONARDO DA VINCI

Son pocas las obras pictóricas de Leonardo (cerca de una veintena) y todas tienen un sello inequívoco que las fundamenta: la meticulosa observación de la naturaleza y las personas, desde sus más ínfimos detalles hasta totalidades que nos llegan al ojo humano con una sensación de perfección. Esa persistente búsqueda distingue a este artista del Renacimiento, en todos los campos del saber en los que incursionó, además de la pintura. Y esa dinámica de lo nunca terminado lo iguala al permanente cambio que la naturaleza encarna, desde el vuelo de las aves, hasta el curso de las aguas, desde las formas de las montañas y nubes, hasta los intrincados rincones de nuestra anatomía.

Por las calles de Florencia sigue caminando un hombre cuya estatura artística y humana cambió la visión del mundo a través de su monumental obra, casi toda ejecutada por su mano izquierda, con la que escribió la mayor parte de sus anotaciones: de derecha a izquierda. Sus lectores necesitaríamos enfrentar su palabra escrita frente a un espejo para poder descifrarla.

Este 2019, conmemoramos en todo el planeta los 500 años de su muerte, ocurrida en Francia, en el exilio, lejos de su amada Florencia.