Feb 20

Las islas Malvinas, el imperio de los pingüinos

nm66_porel_mundo_mapa_1410367779Hay territorios que por lejanos e inhóspitos fueron olvidados durante largo tiempo. Territorios de climas hostiles, ajenos a los hombres, evitados por no contener nada que pudiera aprovecharse. Es la historia de unas islas en el Atlántico Sur, cercanas a la Antártida, sin árboles ni sombras, azotadas por un inclemente viento y lluvias torrenciales. ¿Quién pudo interesarse por un territorio tan ajeno a las necesidades humanas?

Restos de una canoa y puntas de flecha encontradas en años recientes señalan la presencia de navegantes venidos del continente sudamericano, probablemente fueguinos, mucho antes que navegantes europeos las descubrieran. Fue un piloto portugués al servicio de la Corona española quien, siendo parte de la flota que comandaba Hernando de Magallanes, desembarcó en una de las dos islas mayores que constituyen este archipiélago. Se llamaba Estêvão Gomes y era el año 1520. Este intrépido piloto amotinó a la tripulación, liquidó a su capitán y desertó de la expedición. Regresó a España donde fue encarcelado, sin haber participado del descubrimiento del famoso estrecho, misión que Magallanes llevó a buen término, cuando arribó a calmas aguas abiertas, al océano que bautizó con el nombre de Pacífico.

Siglos más tarde, esta nueva ruta abriría en los europeos renovados apetitos territoriales. Las islas del Atlántico Sur empezarían a ser codiciadas por su estratégica ubicación, puerta de entrada al estrecho de Magallanes, accidente geográfico que evitaría para siempre el paso por el más temible de los mares: el cabo de Hornos, lugar donde ambos océanos unen sus aguas.

Fue así que durante más de setenta años las islas descansaron de la presencia humana, hasta que el navegante y explorador inglés John Davis desembarcó en estas en agosto de 1592, desesperado por la crudeza del invierno y la falta de alimentos. Allí, sus hombres sacrificaron más de veinticinco mil pingüinos y luego pusieron rumbo de regreso a casa. De los setenta y seis tripulantes que salieron de Inglaterra, solo regresaron catorce.
Casi cien años más tarde, otro británico recaló allí, en el canal que divide las dos islas mayores. Era el capitán John Strong, financiado por el vizconde Falkland, lo que lo motivó a nombrar a ese canal natural como estrecho de Falkland. De ahí surgió el primer nombre británico, que más tarde se extendería a todo el archipiélago.

155304942_m1_1410367779 Un año antes, el navegante francés Luis de Bouganville había fundado en la isla oriental el puerto de San Luis, ensimismado por su propio nombre. El capitán era originario de la ciudad francesa de Saint Maló y el gentilicio de su ciudad natal lo motivó a nombrar al archipiélago como Malouines, hispanizado más tarde como Malvinas. Solo un año duraría la dominación francesa, ya que en 1765 fue retomada por los británicos. Durante cinco años ocuparon las islas los británicos, hasta que los españoles las recuperaran por la vía diplomática. A lo largo de treinta y seis años, la Corona española designó sucesivos gobernadores para las islas, todos venidos del Virreinato del Río de la Plata, de la ciudad de Buenos Aires.
En 1820, la fragata La Heroína llegó a las islas para tomar posesión definitiva. Ocho años más tarde, el flamante gobierno criollo (Argentina logró su emancipación de España en 1825) le concesionó Puerto Soledad al empresario argentino Luis Vernet, para allí construir una colonia que se sustentara en la cría de ganado, con la mano de obra de indios y gauchos traídos de las pampas.

No duró mucho el proyecto colonizador, porque Gran Bretaña puso al archipiélago bajo su dominio apenas cinco años después, expulsando a los criollos de regreso al continente. Desde entonces, Argentina reclama las islas como propias, llegando a intentar recuperarlas en 1982, en una guerra desigual entre inexpertos conscriptos y fuerzas militares profesionales venidas desde el otro lado del Atlántico. Dos meses más tarde, el conflicto terminó con la derrota argentina.

Luego, el Gobierno británico afianzó su presencia en las islas y apoyó a sus habitantes con mejoras. Los así llamados kelpers, nombre que proviene de las abundantes algas (kelps) que pueblan sus costas, fueron consultados sobre su preferencia en cuanto a su nacionalidad y todos ahora poseen pasaportes del Reino Unido.

Pero las islas son bastante más que su conflictiva historia de ocupación humana. Su naturaleza es abundante en fauna, en vibrantes paisajes y en un mar pleno de vida.

El archipiélago está constituido por algo más de setecientas islas e islotes, aunque las dos islas mayores (isla Soledad o East Falkland y Gran Malvina o West Falkland) prevalezcan en superficie: en torno a los diez mil kilómetros cuadrados sobre un total de doce mil, así como en su población: cerca de tres mil doscientos habitantes en total.

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Su capital es conocida como Puerto Argentino o Port Stanley y es allí donde se concentra la vasta mayoría de sus  pobladores. A una hora de la ciudad principal se encuentra el aeropuerto Mount Pleasant y la base militar británica. Otras poblaciones son Darwin, Puerto Mitre o Howard y San Carlos, comunidades muy pequeñas agrupadas en torno a estancias ovejeras. La mayoría de los habitantes del archipiélago se considera Falkland islanders, aunque entre las minorías se encuentran inmigrantes chilenos, contados argentinos y gente de la lejana isla de Santa Helena. La altitud máxima es de setecientos cinco m.s.n.m. en el monte Independencia, cerro Alberdi o Mount Usbourne.

La arquitectura prevaleciente es de origen británico y de las chimeneas de cada casa surge el humo de la quema de la turba, un material orgánico rico en carbono, constituido por la acumulación sucesiva de componentes vegetales. Los kelpers lo extraen de la superficie de la tierra en forma de ladrillos y lo dejan secar durante el verano. Sirve todo el año como combustible para calentar sus casas y cocinar sus alimentos. Estos consisten principalmente en carne de cordero, pescado, mariscos y vegetales frescos cultivados en modernos invernaderos.

Desde 1990, año en que el Gobierno británico autorizara a los isleños a vender licencias de pesca a países de todo el mundo, su economía se ha basado en los ingentes ingresos que estas ventas generan. Pero, por otro lado, esta situación produjo un impacto ambiental inconmensurable, al reducir drásticamente el número de pingüinos por falta de alimento. En recientes años se ha logrado estabilizar sus poblaciones, siendo esta ave la mayor habitante de las islas. Existen seis diferentes especies de pingüinos: emperador, rey, magallánico, frente amarilla, barbijo y el juanito o gentoo, todos dependientes de un mar pródigo en calamares (75 % de las capturas), pero con límites que los barcos que pescan dentro de las doscientas millas no consideran.

shutterstock_124220233_m5_1410369893De hecho, el atractivo mayor de una visita a estas remotas islas está en su fauna marina.

Las playas de varias islas se llenan de lobos, leones y elefantes marinos, que salen del mar en primavera para aparearse. Es un espectáculo inverosímil lo que ocurre cada año en las arenas que bordean la isla de los Leones Marinos, ubicada al sureste del archipiélago. Alcanzable por vía aérea desde la capital, los visitantes pueden testimoniar este evento y alojarse en el pequeño y confortable hotel que esta isla ofrece.

En otra isla, la de Goicoechea o New Island, la vida silvestre es también muy abundante. Ubicada al suroeste del archipiélago y antiguamente utilizada como estación de balleneros, desde 1972 es reserva natural. En las aguas que rodean esta isla es frecuente avistar cetáceos, como la ballena franca austral, la ballena gris y en ocasiones, el mamífero más grande de los mares, la ballena azul, además de orcas y delfines. Grandes colonias de focas peleteras, elefantes marinos, entre otros mamíferos del mar, comparten sus playas con todas las especies de pingüinos y otras innumerables especies de aves, entre las que se destacan el albatros negro, cormorán, ganso salvaje, cara-cara, págalo o skua, petrel gigante antártico, varias especies de gaviotas y patos, etc.

Después de conocer la vida silvestre de las islas Malvinas o Falkland, es extraño constatar que este archipiélago propio de pingüinos, alejado y hostil para la vida humana, sea tan disputado y provoque discordia entre naciones, mientras ante nuestros asombrados ojos y por contraste, reúna una maravillosa e innegable lección de vida, concordia y armonía natural.

por Renato Ortega Luère