Ene 29
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Un café con Juana Guarderas

Por: María José Troya

Su trabajo artístico ha resultado trascendental para la historia del teatro del Ecuador. Su mirada crítica hacia los procesos culturales del país ha venido acompañada de un trabajo constante desde las tablas en donde sus obras abordan, con mucha inteligencia y sensibilidad, un retrato coherente y actual del país.

Son muchos años ya en los que ha estado involucrada activamente en la gestión cultural del país, ¿qué ha cambiado en los últimos tiempos?
Sin que se vea como trágico o negativo, hay que decir que aún no hay suficiente reconocimiento por parte de las instituciones culturales del país a los proyectos de gestión cultural independiente. No hay una política en la Ley de Cultura que le dé valor a esta gestión; es como si no existiera o no fuera importante. En Quito, existen 42 salas de teatro independientes que ni la misma ciudadanía conoce, y a las autoridades no les ha interesado difundirlas.

Pero ¿el público no ha cambiado?
Nada ha cambiado desde la institucionalidad. Desde el público sí. La ciudad ha crecido y los espacios escénicos son más, pero no siempre están llenos. Falta promoción. Y es ahí cuando pienso en políticas públicas para crear plataformas adecuadas para la difusión. Todo ese diagnóstico nos ha tocado hacer a nosotros –los artistas- que, en lugar de estar creando arte, nos ha tocado adivinar cosas de marketing, de publicidad, de comunicación. Algo que sí tenemos desde el Patio de Comedias es una relación con el público gracias a nuestros años y hemos construido un proceso afectivo: la gente nos quiere. Así de simple y de bello.

Sí, pero con seguridad la obra “La Marujita se ha muerto con leucemia” también contribuyó a ese éxito…
Creo que la obra solo abrió más el espectro del teatro. Antes de que el Patio exista –y de la obra como tal- íbamos al Teatro Prometeo, a la UNP, al Sucre y veíamos a un Ernesto Albán y a otras obras de la época; pero siempre éramos los mismos. Cuando en el año 90 se estrenaron las “Marujas” la posibilidad teatral se abrió para un público más grande, porque es una obra digerible, aunque eso no signifique más fácil de hacer. Yo siento que la relación de afecto se cultivó de manera más sólida.

A partir de la obra original de las Marujas, se crearon más de 300 versiones y más de 2500 presentaciones ¡una locura! Y así como resulta maravilloso, es triste a la vez que nada más haya impactado tanto en el público ecuatoriano.
Creo que son fenómenos que suceden con ciertas obras y algunos personajes. Hay fórmulas que funcionan y se repiten. Por ejemplo, en el stand up comedy, Monserrath Astudillo es un fenómeno, así como lo fue Ernesto Albán en su época y con su estilo, o como Guayaquil Super Star. Las Marujas también lo fueron.

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Juana Guarderas

¿No le molesta que, como actriz y directora, usted haya hecho tanto y que no se conozcan –con ese impacto- más de sus obras?
Un crítico cultural escribió hace algún tiempo sobre la necesidad de la “desmarujización” del público ecuatoriano; pero hay obras que a veces no “pegan” porque la gente tiene otras expectativas. Siento que el público ecuatoriano ha involucionado en ese aspecto porque no son asistentes activos. Es decir, es un público pasivo no solo en afluencia sino en que no quiere un espectáculo que le haga pensar; quiere algo que le haga reír. ¡Y no hay nada malo en eso! Yo soy actriz cómica, pero al público le hace falta involucrarse más, cuestionarse ciertas cosas…

Y ¿qué es lo que aún les hace falta poner de parte a los artistas?
Los artistas tienen que aprender también a hacer concesiones: hacer obras taquilleras que les permitan sustentar otro tipo de material. Los artistas debemos cuestionarnos constantemente y motivarnos. Es difícil, pero posible.

Acaba de dirigir Papakuna; su primera dirección a artistas profesionales en una obra de agroteatro
Sí, la experiencia fue maravillosa pues es un estudio sobre la papa en Ecuador trasladada a las tablas de una manera diferente: lúdica, bonita, deliciosa en consistencia histórica y aporte cultural.

Hablando de papas, ¿cocina?
¡No! Soy bien carishina (risas). Mi territorio siempre estuvo afuera de la casa, subiéndome a los árboles, amando la naturaleza, la corporalidad. Me gusta comer eso sí… ¡y bastante!

Tiene dos hijos que son jóvenes artistas, ¿cómo se siente al respecto?
Era inevitable. A mi padre, Raúl Guarderas, le pasó lo mismo con su padre y luego él me trasladó esa vena artística que también llevan mis hijos. El arte es nuestra vida y herencia.