Jun 11
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Guayaquil, la estrella

Eres perla que surgiste, del más grande e ignoto mar. Ella es la primera del cielo blanco y celeste. Ella saca su bandera con su fondo estrellado. Desde el Estero Salado, yo le canto enmarañado. (Héctor Napolitano, el Canciller del Cerro)

Fue una mañana del verano de 1970. Mi viejo, Misael, un ex maestro de primaria en el Borja de Quito, nos hizo poner elegantes. Hace rato que esperaba estas horas de sol para hacernos una foto inolvidable: los tres hermanos, de punta en blanco y cabello corto peinado a la raya, frente al monumento a los próceres libertarios de la Plaza Grande.

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La Perla, una rueda maravillosa para apreciar Guayaquil en toda su magnitud. © Dirección Municipal de Comunicación Social, Prensa y Publicidad, Guayaquil.

El profe hablaba siempre del valor de esa foto, enmarcada y ubicada sobre el aparador de la sala. Decía que, con esa toma en blanco y negro, tendríamos claro que somos de acá, de Quito. Que uno, para ser de un sitio o no olvidar alguno, debe tener, siempre, una foto en el lugar que “hace la ciudad”.

La primera vez que fui a Guayaquil -también en los años 70 y durante el entonces eterno viaje a Salinas- Misael repitió la toma; esta vez, al pie de La Rotonda y a la sombra de Bolívar y San Martín, monumento histórico que se remonta a los años 30 del siglo pasado. El paseo incluyó conocer el malecón de esos años: una precaria vereda casi destruida y lamida por un río inmenso, pero ahogado en basura maloliente. Como que no había mucho más, en la Guayaquil de esos años.

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Hemiciclo de la Rotonda. El monumento más icónico de la ciudad conmemora el encuentro entre Simón Bolívar y José de San Martín. © Dirección Municipal de Comunicación Social, Prensa y Publicidad, Guayaquil.

Esta mañana radiante, cuarenta y tantos años más tarde, en modo turista, camino por el Malecón Simón Bolívar y recuerdo las sabias palabras de mi viejo. Este paseo, a orillas del silencioso río Guayas, es un espectáculo vivo de la actual y orgullosa condición de ser guayaquileño: ¡todos se hacen fotos! Todos prosudos, papá y mamá, los niños y el abuelo, el retratista, posan felices; la parejita de novios, el provinciano, el visitante, el gringo, el negro, el chino y el paisano…

Las ciudades deben tener ese lugar inolvidable donde la gente decide preservar el personal recuerdo de su estancia. En busca de esa nueva y memorable foto, llego hasta La Perla, esa inmensa rueda moscovita que, desde unos cien metros de altura, permite divisar el fruto de los cambios que registra Guayaquil, desde los 90 a la fecha.

Domina el paisaje el bello y manso Guayas, pero también se dibuja el perfil del malecón y los icónicos edificios que, sin más, volvieron a mirar a su icónico río: La Previsora, La Merced, El Fortín y, en pleno momento de gloria, el hermoso y coqueto The Point, con su silueta curva y, en la noche, novelero y matizado de luces lilas y azuladas.

Mientras gira la rueda en medio de la celebración de sus pasajeros, diviso el tradicional cerro Santa Ana y la Isla Santay, los carros que vienen de Durán. Y para seguir con mi nostálgico recuerdo de Guayaquil, la miro -desde lo alto de la rueda- tal fuera una ciudad multicolor construida en piecitas de legos.

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La fauna de la ciudad: las iguanas se pasean libres por los parques de la ciudad. © Dirección Municipal de Comunicación Social, Prensa y Publicidad

En la tarde, recorro las vistosas y modernas urbanizaciones de la vecina Samborondón, sus aniñados centros comerciales, sus innovadores restaurantes y el nuevo puente que aliviará la movilidad de decenas de miles de autos que ahora, para viajar hasta La Puntilla, usan el emblemático viaducto de la Unidad Nacional. La vía a la Costa, vía a Daule, entre otros, muestran al visitante este progreso porteño que suma nuevos polos de desarrollo y realizaciones urbanas.

Las obras embellecen e incrementan la valoración que propios y extraños tienen para la ciudad, que, es notorio, cuenta con ellas bajo una rigurosa planificación y prolijo desarrollo urbano: mientras la urbe se agrega atractivos, sus habitantes viven mejor. De la Guayaquil que se me grabó en mi infantil memoria a la que he visto desarrollarse en los últimos doce años, la diferencia es enorme y fortalece mi orgullo nacional.

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© Dirección Municipal de Comunicación Social, Prensa y Publicidad, Guayaquil.

Es que es una ciudad que da la cara al futuro, una vez que, crítica con sí mismo y generando sólidos motivos de pertenencia, se reconstruyó desde cero. Pero que lo viene haciendo sin perder esas vistosas señas de su identidad porteña, acelerada y colorida. Porque tras el emotivo paseo a sus nuevos orgullos, al caer la tarde, vuelvo a la ciudad que conocí de niño: la del Parque Centenario, la de la Bahía y la Av. 9 de Octubre y sus mil y un comerciantes; las ardillas y las iguanitas del Parque Seminario, la del seco de chivo y el caldo de manguera en el Hotel Continental.

Y la que visité en estos años, con los cangrejos y tertulia en las mesitas de Ochipinty, los vibrantes antros salseros tipo Cabo Rojeño, sus bailadores y timbal; el estadio de Barcelona, con el inolvidable Hombre de la Campana, el Museo de Julio Jaramillo; la pinta, las voces y el requinto de los lagarteros y sus memorables serenatas.

La  Guayaquil y sus sabores: el del sanduchito de pernil, el poderío de una guatita, el sabor único de los bollos y bolones, el encebollado, el formidable guatallarín; entre otras joyas de la gastronomía y creatividad popular.

Guayaquil, la que repelió a los piratas del Siglo XVII, la que nos abriga y enriquece en el fraterno y pleno ejercicio y disfrute de nuestra diversidad, la que alienta que nos reconozcamos, acompañemos y abracemos a lo largo del labrado camino de un país integrado en la generosidad, el respeto, la fraternidad, la mutua valoración y certero afecto entre costeños y serranos, montubios y paisanos y, como quien dice, entre y albos y amarillos. ¡Guayaquil! ¡Guayaquil! ¡Guayas! ¡Ya! 

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© Dirección Municipal de Comunicación Social, Prensa y Publicidad, Guayaquil.

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Las Peñas: el color de un barrio situado en el Cerro Santa Ana. © Shutterstock

Por: Esteban Michelena