Feb 22

Guayaquil forever

© Fernanda Le Marie

© Fernanda Le Marie

Me queda mirando con esos ojos viejos. Duda. Me estudia. Camina en puntitas, imperceptible. Ahora está muy cerca de mis pies. Sentado en la confortable banquita, sigo leyendo una revista local. Y también la espío, a ver qué hace. Ahora la contemplo rígida, con su pinta de animal prehistórico: es parda y de lomo dorado, de piel dura y rugosa. Me abre su bocota y muestra esa lengua obscura, que mueve con vértigo. Aún me quedan un par de galletas y se las comparto. La iguanita la engulle. Y otra vez, sigilosa, vuelve a treparse a esos árboles de generosa sombra que perviven en el amable y sereno parque Seminario, ese emblemático lugar guayaquileño que, antes de que el reloj marque las ocho de mañana, este domingo se muestra sereno, como una acuarela.

Siempre he sentido un especial afecto por este parquecito repleto de tradición y enclavado en la zona céntrica de esta Guayaquil querida a la que, esta vez, me propuse caminarla desde tempranito. Luego de hacerles fotos a las serias iguanas y mirar el paso urgente de pequeños comerciantes, camino a donde, vocingleros y labiosos, venderán sus golosinas;camino a Las Peñas y voy en busca de mi bolón de verde, crocante y relleno de chicharrón de cerdo; tal cual les canta Héctor Napolitano, la voz no oficial de esa Guayaquil arrebatada y tropical.

En una de las huequitas que se acomodan a lo largo de los 300 escalones de la escalera al cielo porteño, disfruto de un cafecito oloroso y prieto; mientras el dueño del local me acerca el diario recién comprado y me recuerda que tipo once saca los cangrejos: criollos, colorados, tucos, pata gorda. Y –al consejo del anfitrión- me propongo volver a la misma mesita, que permite ver algunos pintores que bajan a la callecita principal, donde exponen sus talentos y buscan el sustento diario.

Me propuse llegar hasta el viejo faro porteño y, sudado pero afanoso, decidí motivarme pensando en esos cangrejazos, que bien podía picar en la mañana y por la noche repetirme el agasajo en la cuadra del célebre Ochipinti y sus vecinos. Luego de una buena media hora de parsimoniosa caminata, mirando cómo cada local se alista para el arribo de turistas, he llegado al faro.

Desde esas alturas, contemplo cómo un sol dominguero lucha por romper ese casi omnipresente cielo nublado que cubre al manso río Guayas. Al fondo, unos pocos barcos grandes que yacen inmóviles, algunas gaviotas que vuelan sin prisa y ese horizonte amplio que cierra esta postal porteña. Un poco más cerca, una pareja de amanecidos se abraza y casi que baila esa balada que ella ha puesto a sonar, bajito, desde su teléfono celular.

Tras una cerveza que me hidrata y anima, lo más cercano que tengo es el Malecón; a esta hora ya tomado por sudorosos trotadores y una que otra beldad guayaquileña, impecable y atlética, que pasa rauda patinando y poco a poco se pierde, mientras captura las miradas de silenciosos admiradores.

© Boris Andrade

© Boris Andrade

A mi izquierda, otra vez el gran río Guayas. Ahora, la cercanía permite mirar sus lechuguines y ese paso lento y envolvente de la marea, que inspiró al mismo Napolitano, quien le canta en una bella guajira que el histriónico guitarrista suele tocar donde vaya: “Me la pidan o no, más claro”, como dictamina el guitarrista.

El sol le ganó la batalla al cielo, y ahora cae poderoso en toda la urbe. Mientras pienso que mi almuerzo debería ser una carne asada con patacones y menestra, precedido de un encebollado 100 % guayaco, me planto a mirar cómo un hábil retratista va dando forma al rostro de una hermosa niña que, piel canela y con sus mejores prosas, se ha sentado en un banquito de madera y atiende el talento del concentrado dibujante.

Entre jardines de plantas locales, el vagón de un tren detenido en el tiempo, un timón de barco con pirata incluido y pequeñas albercas donde destellan decenas de inquietos pececitos rojos, se me acaba el malecón y contemplo, orgulloso, el Palacio de Cristal, un escenario histórico donde se presentan libros, desfiles de modas, exposiciones pictóricas.

El clima se ha estabilizado en unos agradables 28 grados. Y este calorcito delicioso es, para compatriotas arribados desde la Sierra, uno de los plus de este destino. Así lo asegura Pablo Cuvi, legendario cronista de viajes, para quien solo esa sensación de trópico ya es la mejor entrada para Guayaquil.

Este escritor y viajero declara que los mejores cebiches de camarón los ha degustado en este puerto nuestro, donde alcanzan, además, expresiones gastronómicas y culturales de varias ciudades de la Costa ecuatoriana, pues esta capital ha sido crisol de identidades desde la misma época republicana.

Y ahí viene la importancia del río, destaca Cuvi, quien aún extraña la personalidad propia del viejo malecón, de sus muelles y bullicio; histórico centro de acopio de la producción nacional serrana y costeña. “El río es todo. Ahí están las jaibas, los manglares y cangrejos, el bagre para el caldito redentor”, añade Napolitano, habitante y Canciller del barrio Las Peñas.

Para este compositor, uno de los platos emblemáticos de su Guayaquil es el encebollado de atún con yuca. “Hace poco perdimos al cholo Paguay, uno de los pioneros de esta sazón guayaca”, lamenta el artista. Y al citar al cocinero, Héctor también dice que Guayaquil, penosamente, está perdiendo sus sonidos. “Se nos fue el Rey de la Cantera, ya no están el Rey de la Galleta ni el Hombre de la Campana, líder de la barra de mi glorioso Barcelona”.

Por eso mismo, Napolitano acude a beber de las fuentes primarias de ese vital y colorido sonido porteño. “Algo que debe ver el visitante es a los Lagarteros. A Darmilo y Clemente Muñoz, por ejemplo. Con ellos estoy generando un disco con las casi extintas ‘endechas’ o esas devastadoras súplicas del amor sufrido, que habitan en pasillos guayacos con olor a calle y cucaracha como ‘Esposa’, portadores del legado del Pollo Ibáñez, Rubira Infante, Abel Romeo Castillo, entre otros compositores de leyenda”.

Antes de seguir la caminata, decido refrescarme, esta vez con un vaso extralargo de jugo de coco, que el esmeraldeño vendedor despacha a voz en cuello. Cuenta que en día como hoy segurito que sale de todo el carretón y cerca de las cinco de la tarde ya se ‘levanta’ camino a casa, en uno de los barrios periféricos del gran Guayaquil, donde se asienta una gran migración afroesmeraldeña.

Otra vez Guayaquil, otra vez su río, sus bellas damas, sus huecas, su Barcelona–Emelec; sus barrios Centenario y Las Peñas, sus acelerados habitantes, de los que Napolitano incluso ensaya un perfilito: “Los guayacos cogemos lo que es y lo que no es. Pero también damos… lo que es. Y lo que no es”. Y ahí queda esa Guayaquil ardiente, por el gran río Guayas, lamida y arrullada, para siempre. ¡Señor!

por Esteban Michelena