Feb 14
Sagrada Familia _ Shutterstock

GAUDÍ Y SU SAGRADA FAMILIA

“La originalidad consiste en volver al origen.”
– Antoni Gaudí

Estamos en Riudoms, en Mas del Calderero, una propiedad agrícola situada en la región de Tarragona, en el sur de Cataluña. Es el 25 de Junio de 1852, y en la modesta casa del calderero Francesc Gaudí i Serra, Antonia, su mujer, está dando a luz a su quinto hijo, al que le heredará su nombre: Antoni. Al día siguiente del parto, el recién nacido es bautizado en la iglesia de un poblado cercano llamado Reus. Tal vez por ello, este nombre consta como el lugar de nacimiento y bautizo de Antoni. Aunque él insistió siempre que era de Riudoms.

De lejanos orígenes franceses, esta familia -probablemente de apellido Gaudin o Gaudy- se instaló a partir del siglo XVII en una zona vitivinícola, en un poblado conocido como Vilafranca de Penedés, donde transformó su nombre a Gaudí.

El Mediterráneo -lugar del arte y de la exaltación de la belleza- fundó el carácter del pequeño Antoni. Su mirada se situó, desde sus tempranos años, en la naturaleza. Las formas de árboles y plantas quedarían grabadas en su memoria, y esa arquitectura botánica lo conduciría, a generar una noción, que aplicaría a lo que más tarde serían sus más audaces, originales y creativas construcciones.

Por muchas generaciones, ambas ramas de su familia fabricaron calderos de cobre. El joven Gaudí creció en torno a la elaboración de objetos con formas tridimensionales, lo que le permitió entender los volúmenes que estas verdaderas esculturas le proporcionaron. Los gigantes toneles resultantes sirvieron para ser llenados de jugo de uva, madurar allí los mostos y así obtener alcohol.

Su curiosidad era infinita. Pero Antoni fue un mediocre estudiante. Como su interés se situaba en las formas, las palabras le resultaban innecesarias. Durante su vida escolar, las materias que debía cumplir formalmente resultaron un escollo que debió sortear para poder llegar a encontrar su verdadera y ulterior pasión: la arquitectura. Sin embargo, cuando por fin pudo entrar a estudiarla, nuevamente fue un mediocre estudiante.

Pero lo que no pudo sortear fue su condición enfermiza, sufriendo de un reumatismo que no le dio tregua. Se hizo vegetariano, y sus prolongados ayunos no le sirvieron sino para empeorar la situación. Su profunda convicción cristiana fue crucial para mantenerse vivo, tanto como su profesión para conservar la esperanza.

Cuando contaba con 16 años, su familia se vio forzada a trasladarse a Barcelona, para poder darle educación universitaria a sus hermanos. Antoni ingresó al último año de Bachillerato, y al año siguiente, a estudiar arquitectura. Pero dificultades económicas interrumpieron sus primeros pasos.

Cuatro años más tarde logró reingresar a Arquitectura en Barcelona y cuando finalmente se graduó, el director de la Escuela dijo: Hoy hemos hecho un arquitecto que será un loco o un genio.

Sin duda alguna, hicieron un genio. Y sus obras marcaron la ciudad de Barcelona. Aunque no la primera, pero sí la más monumental, el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, una basílica católica iniciada por otros arquitectos en 1882, con estilo neogótico, fue Gaudí quien la replanteó con un estilo modernista al asumir su construcción dos años más tarde, a sus 31 años. Fabricó un modelo de yeso y dibujó bocetos, aunque nunca planos específicos. A partir de este volumen inicial, fue improvisando durante la construcción.

Su genialidad se conjugó con una inusitada persistencia. La paradoja de este hombre fue que, habiéndole dedicado el resto de su existencia a este templo, y en forma exclusiva los últimos quince años, no le alcanzó el tiempo para, ni remotamente, concluirlo. Apenas pudo ver alzadas cuatro torres de las dieciocho que proyectó, algunas de hasta 170 metros de altura.

Oficialmente, su conclusión fue celebrada, y simultáneamente consagrada por el Papa, el 7 de noviembre de 2010, ochenta y cuatro años después de que Gaudí fuera enterrado en el interior de su obra maestra. Gaudí consiguió que su obra pudiera prolongarse más allá de los años que vivió, casi exactamente una vida más. Por eso es posible afirmar que Gaudí vivió dos veces.

Su pasión por el oficio que eligió lo convirtió en un hombre notable, no solo por sus obras, sino también, por su actitud de entrega a un propósito más allá de sí mismo, a la humanidad.

Gaudí se fue quedando solo: primero partieron su hermano y su madre; tres años después, su hermana. Tal vez por eso habrá deseado tener su propia familia. Pero el gran arquitecto debió contentarse con levantar en su nombre, el magnificente templo. Antoni Gaudí diseñó y construyó numerosas obras en el casco urbano de Barcelona y sus alrededores, casi todas abiertas a los visitantes y todas con el sello de este gran maestro de la arquitectura.

Antoni Gaudí distraídamente se dirigía adonde su confesor una tarde de primavera de 1926, cuando un tranvía lo arrolló. No murió en ese momento, pero al ser confundido con un mendigo, nadie se conmovió para llevarlo a un hospital. Cuando al fin un transeúnte sensible lo asistió, su vida apenas alcanzó para llegar a una camilla y expirar, a los 74 años.

Por Barcelona continúa caminando hasta hoy un hombre entrañable. Va de una construcción a la otra, y tiene su favorita, la que no ha logrado terminar, aunque ya ha sido inaugurada. Ahora Antoni puede descansar, al abrigo de saber que su sueño se sigue realizando.

Gaudí y sus obras en Barcelona
Las demás notables obras de Gaudí en Barcelona son dignas de visitarse. Todas las aquí señaladas, se encuentran en la lista de Patrimonio de la Humanidad, de la Unesco. Para evitar colas a su ingreso, es recomendable hacer reservaciones y pagos en línea. Y aquí sus direcciones físicas:

– Casa Milá o La Pedrera, Paseo de Gracia 92
– Casa Batlló, Paseo de Gracia 43
– Casa Vincens, Carolines, 18-24
– Palau Güell, Nou de la Rambla, 9
– Pabellones de la Finca Güell, Avenida de Pedralbes, 7
– Ganduxer, 85-105
– Casa Calvet, Casp, 48