Feb 22

El Valle de Upar, donde nace el vallenato

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En Colombia, la música es pan de cada día. Y en Valledupar todo gira en torno al acogedor sonido de un acordeón. Es el viento en el valle, que sopla por entre los frondosos árboles, y es el agua, que fluye por frescos ríos enmarcados en piedra. Es el canto sentido de apasionados hombres y mujeres el que recorre esta inmensa planicie entre montañas. Son los trovadores que salen a contar sus verdades, a celebrar el amor. Aquellos trashumantes que de pueblo en pueblo van narrando sus historias, el sentir común. Por todo eso, en Valledupar se canta y se baila.

Fueron los Upar -la denominación de los grandes caciques de la nación chimila- quienes dejaron su nombre para llamar al valle, llanura fértil que se extiende gigantesca, bordeada por la Sierra Nevada, la Cordillera de los Andes y el río Magdalena. Cada Upar gobernó la riqueza que la nación chimila creó en época precolombina. Y fueron el río Cesar y sus afluentes los que aglutinaron todas las aguas que bajaban desde las montañas para regar las tierras, dar de beber a los seres vivos, y regar las plantas y los árboles. Todo eso ocurrió en este amplio valle durante siglos.

De pronto y sin anuncio alguno, hombres barbados cubiertos de metal irrumpieron en el valle. Se presentaron ante el Upar y declararon su propósito: querían oro, a lo que el gran cacique accedió sin dudar y en grandes cantidades. Pedro de Badillo, agradecido, fundó en 1528 la ciudad española con la siguiente proclama: “Yo, en nombre de S.M., fundo este pueblo a orillas del río Guataporí y pongo por nombre para ahora y para siempre el de Valle de Upar, como homenaje a este gran cacique que lo señorea”. El País de los Chimilas (chimila, en el lenguaje original, presumiblemente el chibcha, significaba muchedumbre) o Valle de los Pucabuyes -como lo nombraron los conquistadores- sellaba así su condena a ser invadido hasta ser dominado.

Larga y dura fue la conquista, y durante el proceso muchos de sus habitantes fueron esclavizados por los europeos, y su número creció más tarde con los esclavos traídos del continente africano.

Si algo persistió de los chimilas fue el espíritu musical con que, desde siempre, celebraron la vida en este valle. Y el mestizaje entre europeos, chimilas y negros africanos recogió lo mejor de cada una de sus fuentes y creó una música nueva, encarnada por quien fue la fusión de las tres etnias, cuyo gentilicio pasó a ser el de ‘vallenato’, aquellos nacidos en este valle.

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De este período de mezclas étnicas proviene la conocida Leyenda vallenata. Aunque las interpretaciones sobre el hecho real son discutibles, lo que ocurrió fue simple: la bella india Francisca trabajaba en casa de españoles como sirviente. La celosa dueña de casa la maltrató y humilló sin saber que era hermana del cacique tupe Coroponaymo. Furioso este, buscó la ayuda del cacique chimila Curunayma, y el conjunto de sus fuerzas atacó la ciudad de Valledupar e incendió el convento y la iglesia. Escaparon luego a sus tierras, donde fueron perseguidos por un improvisado ejército español. En el trayecto, cuenta la leyenda, los indios envenenaron las aguas de un lago con la hoja del barbasco, del que se abastecieron los sedientos españoles, quienes luego murieron. Y se dice que la Virgen del Rosario los resucitó, operando un milagro. Fue esta narración religiosa la que le dio nombre al actual evento musical conocido como Festival de la Leyenda Vallenata.

Pero la música era un patrimonio muy anterior a la llegada de españoles y negros. El pueblo chimila poseía talento musical e instrumentos: la flauta, el tambor, la guacharaca (una caña con muescas, sobre la que se friccionaba un palo, que imitaba el canto de un ave) y la voz humana. Estos sonidos se escuchaban por doquier en este valle, además de otros tantos instrumentos, tanto de viento como de percusión, todos ingeniosamente elaborados con materiales provistos por la variada naturaleza del valle y las montañas.

Los negros africanos aprovecharon una madera local con que los chimilas hacían sus tambores y reprodujeron con ella la percusión que atravesó el Atlántico para aportar sus ritmos a la nueva música que comenzaba a gestarse. Así nació la caja.

Fue recién a finales del siglo XIX que irrumpió en América un instrumento creado en Europa en 1829: el acordeón. Llegó a varios lugares del continente, pero fue en el Valle de Upar donde encontró quien lo tocara con la misma pasión con que antes alguien tocó el carrizo o la flauta. Y, con el tiempo, surgieron los talentosos intérpretes de este lejano instrumento inventado en Alemania, para goce de los vallenatos y sorpresa de los alemanes.

Así, de estas inesperadas fusiones, surgió la música que hoy conocemos como vallenato. Cuatro aires diferencian sus ritmos y cadencias, y estos, en orden cronológico de aparición, son la puya, el merengue, el son y el paseo. La puya es de ritmo rápido y sin canto. El merengue, aunque evoca raíces africanas, es un ritmo complejo, cantado, propio de este valle y sin ninguna conexión con las Antillas. El son, con su compás de dos por cuatro, es cantado para expresar lamentos, es nostálgico y de ancestro mulato. Por último, el paseo es “un periódico cantado, una crónica viva de todo lo interesante que ocurre en las provincias de la zona”. Todos los aires del vallenato coinciden en ser expresión viva de lo que sucede desde el ámbito más personal del autor hasta los eventos significativos de la vida social, cultural y política. Además del dolor, la pérdida o el fracaso amoroso, la cría de ganado, la agricultura y la naturaleza son temas protagonistas de cada vallenato que se interpreta.

Una vez al año, en la última semana de abril y desde hace 48 años se celebra el Festival de la Leyenda Vallenata en la ciudad de Valledupar, capital del Departamento del Cesar (el primero fue en 1968, organizado principalmente por la escritora Consuelo Araujo Noguera). Reúne a los músicos vallenatos mayores para ejecutar sus aires tradicionales y a los nuevos valores, quienes interpretan canciones de más reciente composición. Compiten los más notables acordeoneros de la región por el título de Rey y, en ocasiones, por el de Rey de Reyes. El primero y más connotado de estos últimos fue Alejandro Durán, un importante referente para las nuevas generaciones de acordeoneros. Dentro de la composición, se destacan Rafael Escalona, Leandro Díaz y tantos más. Y entre los más populares cantantes está Diómedes Díaz, un controvertido personaje, quien vendió más discos que Carlos Vives, la versión comercial y más conocida del vallenato fuera de las fronteras de Colombia. De entre las destacadas familias de músicos, llamadas dinastías, la de los López fue convocada este año al Festival para homenajear las tres generaciones que hasta hoy la conforman.

© Renato Ortega Luère

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La parranda se enciende en todo el valle, cuando el desfile de las piloneras da el primer aviso de que se acerca la fiesta más importante del año. Por una arbolada avenida de Valledupar se desplazan cientos de personajes, adultos y niños que bailan y cantan en su colorido paso; los varones portan un pilón, una pieza de madera para moler maíz, y las mujeres cargan bateas llenas del maíz desgranado, listo para ser pilado. Cada comparsa está acompañada por músicos que tocan sus instrumentos mientras caminan.

En algunos barrios de la ciudad se presentan los diferentes grupos, liderados por el acordeonero que compite para llegar a ser Rey. Y en un gran escenario los jueces tendrán la difícil tarea de decidir, frente a un masivo público, al ganador de ese año. El entusiasmo y la alegría son los verdaderos protagonistas de esta original fiesta, y quienes visitan Valledupar para esta especial ocasión se contagian fácilmente del realismo mágico que gobierna el prodigioso y musical valle.

Y todos los hombres y mujeres se ven envueltos en una vorágine de ritmo y melodía que celebra la vida por sobre todo; mientras, silencioso, el árbol del cañaguate prepara su efímero florecimiento dorado, expresión de un tiempo feliz que siempre busca prolongarse.

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© Renato Ortega Luère

por Renato Ortega Luère