Nov 22

El sí más esperado

“Viajar a Europa, por primera vez, es definitivamente una experiencia emocionante y, en mi caso, fue la más romántica, pues lo hice con mi gran amor.”

Pluma invitada: Alejandra Boada Comunicadora y presentadora de TV.

Pablo y yo llevábamos 3 años juntos y como él es súper detallista, yo me imaginaba que ese viaje a Europa sería para darme una sorpresa muy, muy especial: mi anillo de compromiso.

El primer destino fue Barcelona, luego llegamos a Madrid y días después a Estambul de donde partimos a la tan anhelada y mágica Capadocia. El viaje en globo aerostático, pensaba yo, era el lugar perfecto para una soñada pedida de mano, así que me desperté a las cuatro de la mañana para arreglarme. Yo quería salir linda en las fotos con mi anillo, pero ese día, por cuestiones de clima, no pudimos volar. ¡Ya se imaginarán mi cara de desilusión!, pero por suerte teníamos un día más en ese paraíso.

Al segundo intento, volví a arreglarme y estuve igual de emocionada. Ese paisaje es asombroso, a esa altura ver la salida del sol es algo que guardaré en mi memoria para siempre. Y allí, a cientos de pies de altura, yo ya estaba lista para mi letrero, las flores, el champagne; todo eso que había visto en las películas para la pedida de mano inolvidable… ¡pero no pasó nada! Aterrizamos y tampoco nada. Yo estaba feliz por la experiencia en pareja y dije “bueno, en el siguiente destino seguro me pide matrimonio.”

Era el turno de la ciudad más esperada: París. Pablo sabía que era mi sueño conocer la Torre Eiffel. Pero fue más rápido de lo imaginado; es decir sin ningún tipo de preparativo previo. Apenas me baje del avión tomamos un taxi “Viajar a Europa, por primera vez, es definitivamente una experiencia emocionante y, en mi caso, fue la más romántica, pues lo hice con mi gran amor.”  En mi cabeza pensaba: “así de fácil, sin una cena romántica, sin champagne. No creo que me lo va a pedir aquí…” y así fue: nada.

Dos días más transcurrieron en París y para esto ya habíamos subido a la Torre Eiffel, conocido los Campos Elíseos, caminado por los barrios insignes de la ciudad del amor y el anillo no aparecía: yo aún tenía fe que estuviese dentro de los deliciosos croissants que comíamos a diario.

Entonces, sin darme cuenta, dejé de pensar que iba a ocurrir.

La penúltima noche en París, Pablo me invitó a pasear por la ciudad para despedirnos de ella, lo hicimos con la ayuda de nuestro querido amigo y chófer, Thomas, quién nos llevó a Trocadero, desde donde se puede tener una vista panorámica de la Torre Eiffel. Yo estaba emocionada viendo el paisaje. Pablo finalmente abrió una botella de champagne, brindamos con Thomas quién sea alejó para tomarnos una foto y en ese momento Pablo se arrodilló.

Mi corazón dejó de latir por unos segundos y enseguida me arrodillé con él. Mientras escribo, mis ojos se llenan de lágrimas, como en ese momento. Una emoción indescriptible se apoderó de mí: era nuestro momento mágico, me iba a casar con el amor de mi vida, mi compañero de mil aventuras. Mi respuesta fue, “oui”, lo grité en francés para que no les quede duda a todos los parisinos que capturaban con sus celulares y cámara: mí soñada pedida de mano…