Jul 08
Darwin_NuestroMundo

DARWIN DE VIAJE

Por: Renato Ortega Luére

“SI SE ME PREGUNTASE MI OPINIÓN ANTES DE EMPRENDER UN VIAJE LARGO,
DEPENDERÍA POR COMPLETO MI RESPUESTA DE LAS AFICIONES QUE EL VIAJERO TUVIESE…”
– CHARLES DARWIN

No cabe la menor duda de que Charles Darwin (1809-1882) contribuyó al conocimiento de las leyes de la naturaleza, hasta entonces entendidas como inmutables y ligadas a la creación divina.

Tampoco queda duda de que su contribución se debe a un largo viaje que debía durar no más de dos años, y que resultó en un periplo de casi cinco años alrededor del mundo. Lo realizó, a sus 22 años y como naturalista sin sueldo, a bordo del HMS Beagle, capitaneado por Robert FitzRoy, un estudioso de la geografía y oceanografía, que así iniciaba su segunda vuelta al planeta a cargo del mismo barco.

Durante los cinco años, Darwin navegó 18 meses, durante los cuales debió superar su natural inclinación al mareo. Por eso, logró que su capitán le permitiera pasar tres años y tres meses, sumados, fuera de la embarcación. Todo comenzó en el puerto de Devonport, en Plymouth, Inglaterra, la mañana del 27 de diciembre de 1831. El barco salió a alta mar y el joven Darwin se aferró a la borda de la embarcación, sin otra esperanza que cruzar el Atlántico lo más rápido posible. El primer alivio lo recibió en Santiago de Cabo Verde, un archipiélago frente a Senegal, en la costa occidental de África. Allí descubrió los primeros indicios de lo que sería su viaje en adelante: una inagotable curiosidad por lo que se le presentaría. Esta vez, encontró conchas marinas a una alta elevación, lo que confirmaba los principios uniformistas de la geología de la época, según los cuales el relieve del planeta se había formado por levantamientos y hundimientos a lo largo del tiempo.

La siguiente tierra firme fue Brasil, en Bahía de San Salvador, y luego Río de Janeiro, donde el bosque tropical cautivó sus sentidos y los insectos llamaron poderosamente la atención del incipiente científico durante los tres meses de su estadía.

Una breve parada en Montevideo, Uruguay, sirvió de paso para alcanzar el siguiente desembarco, que fue en Bahía Blanca, Argentina. Una de sus más preciadas recolecciones estaba por revelarse en una colina detrás del barranco de Monte Hermoso: allí estaban los huesos fosilizados de enormes mamíferos extintos. Por un diente pareció identificar al megaterio, un poco conocido tipo de perezoso gigante, y huesos de un desconocido roedor del tamaño de un hipopótamo.

Y cabalgando por la Patagonia, entre miles de mariposas, encontró dos tipos de ñandú (una especie de avestruz americana), diferenciados apenas por detalles físicos y por ocupar diferentes territorios y ambientes. Sus observaciones sobre la mutabilidad de las especies lo acercaban cada vez más hacia nuevos y revolucionarios conceptos: la adaptación como eje de la sobrevivencia y la selección natural como explicación de la diversidad de las especies. Luego, una visita a las islas Malvinas o Falkland le sirvió para nuevos hallazgos científicos, como su inusual zorro. 

En Tierra del Fuego, la isla más austral de América del Sur, asistió perplejo a la devolución a sus tierras originales de tres indígenas de la tribu de los Yaganes. Habían sido capturados en el primer viaje del Beagle e Inglaterra los enviaba de regreso convertidos en misioneros anglicanos. El experimento cultural resultó un fracaso, a pesar de haber sido bautizados con nombres ingleses.

Luego vino la travesía por las difíciles aguas del estrecho de Magallanes, el que FitzRoy debía cartografiar, para finalmente entrar en el calmo Pacífico, hasta recalar en Concepción (Chile), donde experimentaron uno de sus habituales y feroces terremotos. Darwin confirmó sus supuestos geológicos al observar un levantamiento de la superficie terrestre, consecuencia del movimiento telúrico. 

“NO ES EL MÁS FUERTE DE LAS ESPECIES EL QUE SOBREVIVE, TAMPOCO ES EL MÁS INTELIGENTE
EL QUE SOBREVIVE. ES AQUEL QUE ES MÁS ADAPTABLE AL CAMBIO”.
– CHARLES DARWIN

La siguiente escala fue en Valparaíso, donde logró adquirir nuevas libretas de apuntes, dado que las traídas desde su país estaban ya repletas de valiosas anotaciones. Todas le sirvieron para redactar su exitoso Diario de viaje que más tarde, publicado, alcanzó una popularidad inusitada en Inglaterra. En las costas chilenas, así como en la cordillera de los Andes, recogió innumerables fósiles marinos, se sorprendió con los árboles fosilizados y llegó a una conclusión notable para la geología: el continente suramericano se eleva cada día más, mientras las islas del Pacífico se hunden hasta convertirse en atolones.

El Beagle bordeó las costas de Sudamérica, lo que permitió a Darwin explorar el continente y las islas, incluidas las islas Galápagos y el archipiélago de Chonos.

Las islas Galápagos fueron su siguiente destino. Islas geológicamente jóvenes y de intensa actividad volcánica le revelaron el inicio de la vida en el planeta. Intuyó la llegada de animales y plantas a sus costas desde el continente americano y esto le condujo a observar los cambios físicos ocurridos, en especial, en los picos de un ave pequeña llamada pinzón y en la diversidad de caparazones de tortugas gigantes de isla en isla; cambios provocados durante millones de años a través de la selección natural, principalmente, por su necesidad de adaptarse a nuevos alimentos.

El océano Pacífico se extendía hacia el poniente y hacia allá se dirigió el Beagle. Maravillado Darwin, vio desaparecer las islas Encantadas desde la popa. Pasadas largas semanas de navegación, avistaron las costas de Nueva Zelanda y más tarde las de Australia. Allí, el ornitorrinco llevó a Darwin a un éxtasis de extrañeza: un mamífero que pone huevos y tiene pico de pato.

Y las sorpresas continuaron en Indonesia, las islas Mauricio, Ciudad del Cabo y, en su retorno, otra vez a Bahía de San Salvador en Brasil hasta que, finalmente, el HMS Beagle atracó en el puerto de Falmouth el 2 de octubre de 1836. Charles Darwin recién comenzaría su gigantesco propósito de publicar el más importante de sus libros (El origen de las especies, 1859), que lo consagraría como el crucial científico que cambió la visión del mundo para siempre. Tres años después del viaje, se casaría con su prima Emma Wedgwood, con la que procreó 10 hijos. 

Está enterrado, contra su voluntad y contra todo pronóstico, en Londres, en la Abadía de Westminster, junto a Isaac Newton, otro revoltoso de las ciencias.