Oct 09

Cuenca, cosmopolita y deliciosa

La ciudad creció y se enriqueció. Con el paso de los años ha logrado un desarrollo incluyente y que configura a una Cuenca cambiante y novedosa, pero que no ha perdido el aroma de sus tradiciones y memoria.

Cuenca ha tenido un maravilloso aprendizaje; se ha convertido en una ciudad cosmopolita pero discreta. Comparte su encanto con los turistas y mantiene su calidez para quienes viven en ella. La bulla, el color, la tradición y el festejo conviven de manera armónica en cada esquina.

Andrea cumplió 27 años y recuerda, con inevitable nostalgia, su hermosa y distendida infancia en la ciudad de Cuenca de principios de siglo. “Llegar a Monay era un paseo, una aventura. Nosotros jugábamos todo el día entre los niños del barrio y nadie cerraba la puerta de su casa; nadie tomaba lo que no le era propio. Todo era tranquilo”.

Andrea hace una reflexión propia de quien compara a la nueva realidad urbana de la hermosa ciudad de Cuenca. Como muchos de su generación, prácticamente ni cuenta se dio y, de repente, la ciudad de su infancia es otra; no es más aquella que acogió sus infantiles aventuras y alegrías. Ahora, para tranquilidad de Andrea, su ciudad cambió, pero preservando su memoria.

Claro, a la fecha, Monay está a la vuelta de la esquina y este dato evidencia el gran desarrollo urbano que tuvo en los últimos 20 años, con énfasis en la última década, cuando la ciudad recibe una seguidilla de reconocimientos internacionales a sus actuales y muy valorados atributos: es una urbe propicia para el retiro y para la jubilación, pero también para nuevos y novedosos medianos emprendimientos.

Este escenario, reconocido por influyentes publicaciones como el Financial Times, que la declaró “Ciudad americana del futuro”, se ha evidenciado alentador para una migración calificada: más de cuarenta culturas y nacionalidades diferentes llegaron a Cuenca para transformarla desde el trabajo, el colorido y la innovación de sus costumbres.

La fuerte migración que salió hace más de dos décadas desde la provincia del Azuay ha regresado paulatinamente y ha inyectado una dosis de lo aprendido afuera, y así mismo, la ciudad ahora recibe a miles de extranjeros que buscan la paz, la tranquilidad, el paisaje y calidez de los morlacos y que han traído ideas, emprendimientos, trabajo…

El río Tomebamba – Shutterstock

Los jubilados y otros emprendedores añadieron color y nuevos aires, tonos y matices a los añejos y entrañables rincones: que la cafetería, que el restaurante, que el barcito, el bazar, la tienda de artesanías, la librería, entre otros donde emergen nuevos acentos, tonos, afectos, músicas, sonidos, relaciones y contactos.

Se trata del irresistible encanto de las ciudades cosmopolitas que alcanzaron ese estatus, sin necesariamente perder sus valores de tradición, historia y pertenencia: pasa que, ahora, uno se pasea Cuenca como toda la vida, pero rodeado de la amable y serena compañía de aquellos que cruzaron el mundo para, con alegría, cerrar sus vidas en esta amable, próspera y cálida ciudad.

La cercanía a parques como el de Cajas, los cuatro ríos que la bañan y arrullan, un centro histórico pequeñito y lleno de hermosas y coloridas postales y acuarelas: la Calle Larga, las plazas de San Francisco o San Sebastián, el parque Calderón, el parque de La Madre, el de Pumapungo, sus museos de arte religioso, sus iglesias y rincones urbanos, entre otros, son sede de encuentros culturales que, por su parte, ostentan tradición y memoria.

La Bienal de Pintura, el Festival de Cine La Orquídea, entre otros importantes actos culturales en la historia reciente de la ciudad, se alternan con tradiciones legendarias como el Pase del Niño, las fiestas de Corpus Cristi, Inocentes o Carnaval. Cuenca creció y se enriqueció, logrando un desarrollo incluyente y que configura una ciudad cosmopolita y deliciosa.

En este escenario, el joven se destaca por una revitalizada capacidad emprendedora, sin perder su condición de conversador, bohemio y artista; su buen gusto y orgullosa pertenencia.

Los hoteles coloniales o boutique, son muestra de ello. El Santa Lucía, Los Balcones, Carvallo, Morenica del Rosario, entre decenas de otros espacios, han sido restaurados con rigor, prolijidad y detalle: hospedarse allí es visitar el pasado memorable de la ciudad, vivirla desde su rica tradición, sus bellos patios con pileta, sus corredores, ventanitas y esos encendidos jardines acogen al turista y provocan espiarlos desde afuera, en un brote de curiosidad romántica para ver cómo se desenvolvía antes la vida en esta pequeña pero cálida urbe. Si desea más modernidad, el hotel Zahir 360 se impone frente al Estadio Alejandro Serrano Aguilar con una arquitectura vanguardista: llena de vidrio y espejos y a tan solo cinco minutos del corazón del Centro Histórico. Y haciendo gala de que es una ciudad para todos: para los jubilados y los millennials se han creado hostales que combinan el eclecticismo con un servicio de primera -aunque más casuales- con música e con innovación.

Vista Aérea de la Catedral de Cuenca – Shutterstock

Por ejemplo el Bauhaus, La Cigale, la Posada del Ángel, entre otros. En una visita corta, es imposible dejar de comprobar la calidad y gracia de sus nuevos restaurantes y sus diversas especialidades: emprendimientos donde trasciende un espíritu, una edad y esa fuerte e innovadora personalidad del joven cuencano.

Tiestos, por ejemplo, ha acaparado la atención de los comensales durante muchos años gracias a la tradición de sus platillos -contundentes y con productos nacionales- que han merecido aplausos y reseñas halagadoras de medios internacionales. Sus sabores y aromas, la calidad del servicio y simpatía de su chef Juan Carlos Solano lo han ubicado entre los mejores restaurantes de América Latina. También está El Mercado o la consagración del encanto y texturas de la comida rústica. La Esquina, esa cálida combinación de la innovación en la creatividad culinaria y la pasión por pasarla bien. Los bares de cerveza artesanal, la diversión de la Calle Larga que se enciende en las noches y en donde se observa la  incesante entrada y salida de jóvenes de una bar a otro.

Tan estimulante y motivadora es la nueva realidad cotidiana de la capital azuaya que hasta acá llegaron ingleses, libaneses, franceses, paquistaníes, italianos, japoneses, colombianos, chilenos, argentinos, entre otros que, en un tradicional entorno de respeto y calidez, se han insertado como nuevos rostros visibles de una ciudad enriquecida por el trabajo y entrega de todos sus nuevos habitantes.