Feb 20

Cómo Jesús del Gran Poder, recorre el Centro de Quito

nm71_1_1425666493Es Viernes Santo. Son las 6h30 y el sol irrumpe con su luz abrigada. La sombra de un cucurucho se proyecta, larga y puntiaguda, sobre una de las calles céntricas donde el personaje espera por otros habitantes de la Procesión de Jesús del Gran Poder de Quito, una de las más importantes del Ecuador y con amplio reconocimiento en América Latina.

Es una multitudinaria manifestación de fe católica y religiosidad popular, que mezcla estos componentes que le transforman en una oportunidad diferente para refrendar la esperanza y militancia en la Palabra del Señor. Y también esos personajes que se miran –una y otra vez, pero siempre fascinantes– en la industria del cine, cuando aborda estos temas de inmensa y mundial aceptación.

De pronto, Quito se vuelve una locación inmensa, donde entre cánticos, oraciones y el murmullo de romeriantes y curiosos, desfila la venerada imagen, objeto de actitudes piadosas y hasta radicales y extremas: algunos de los caminantes no dudan en recibir azotes, cargar cruces inmensas, arrastrar cadenas atadas a sus pies sangrantes y, según su creencia, con ese esfuerzo también expiar sus faltas.

nm713_1_1425666493Los personajes más frecuentes y reconocidos son los cucuruchos: con sus trajes y bonetes de color morado con los cuales, según la historia, vienen repitiendo la escena a partir del siglo XI, cuando acudían a lugares santos, en el Medio Oriente, y son referentes irremplazables de la ceremonia en Europa y América Latina.

A Quito, el personaje habría arribado en el siglo XVI, motivado por los organizadores de la procesión de entonces y, en la actualidad, por los sacerdotes franciscanos, que asumieron la tarea hace cerca de 50 años y a la que dedican largas y prolijas semanas de trabajo.

Otros personajes que destacan en esta puesta en escena de la fe son las ‘Verónicas’, quienes luciendo un luto riguroso recuerdan las escenas de las mujeres, llorando a Jesús en su penosa travesía y arribando con Él al monte donde, junto a dos ladrones, fuera finalmente crucificado.

Todas estas imágenes, ciertamente, remiten a los filmes de historias bíblicas. Por eso mismo, no es raro que, en cualquiera de estas representaciones –las he visto hasta en las realizadas en la selva esmeraldeña–, también aparezcan los soldados romanos que, en esas montañas remotas, dirimían sus euforias con tiros de salva y cera.

Bien. Estos soldados, según la memoria católica y la historia de la pasión y muerte de Jesús Cristo, fueron los más crueles y violentos agresores de Jesús. Y tal cual las películas, donde esta soldadesca le ofende, humillan, escupe y desprecia; en las procesiones actuales también tienen ese rol y –literalmente– propinan latigazos y empujones a los desvalidos Cristos del desfile.

En esta secuencia, me he puesto a mirar la reacción de los curiosos. El romano –que puede ser un vecino del barrio o el profesor de educación física– se toma el rol en serio y, con su diestra, eleva una soga y hasta látigos de cuero, que estampa en la mal herida espalda del Cristo sentenciado.

De hecho, las señoras se lamentan, los niños se asustan, los mayores miran con recelo. Y los rezadores siguen canturreando sus oraciones, mientras el flagelado vecino reanuda su tormentosa y admirada caminata.

nm713_1425666535Si está en Quito en esos días, haga lo posible por echar un vistazo. Es fascinante esa combinación en tiempo real de imaginarios puestos a correr en la vida actual de los católicos. Es decir, casi que asistir a una peli de romanos, filmada en las mismas callecitas donde uno se obsequia con sánduches de pernil o algodón de azúcar. De pronto, entre nuestras entrañables calles empinadas, un mundo de película circula entre ellas.

He de confesar que de niño, cuando como cualquier familia quiteña asistíamos tanto a misa como al cine a vivir los días santos, llegué a odiar a los perversos romanos y, cuando asistí al filme de ese tema dirigido por Mel Gibson, volví a sentir rechazo; esta vez, por el abuso de varios patanes armados contra un solo ser, atado e indefenso.

Pues en las procesiones de hoy se puede mirar en los noticieros locales e internacionales cómo estos personajes se ensañan contra los referidos Cristos reales, con quienes tienen el sorprendente convenio de ser azotados y humillados, en la fe de que aquello contribuirá a liberarse del pecado de los católicos.

Lo cierto es que, durante la larga procesión, la vida del Centro quiteño se altera con estas escenas, donde los asistentes aprovechan para llevar en brazos a sus propias imágenes.

Entonces, es interesante mirar niños dioses de gran diversidad: los hay soldados, albañiles, carpinteros, médicos, y he llegado a mirar alguno vestido con uniformes de equipos de fútbol, pues varias de sus estrellas son expresos devotos del Divino Niño, por ejemplo.

Acontecen estas expresiones correspondientes al apropiamiento que la gente hace de estas tradiciones. Y si bien se miran los personajes oficiales y autorizados como tales por los organizadores, cada vez aparecen participantes que, en ese escenario, ejecutan sus propios libretos. Es decir, una maravillosa toma del sentido oficial de la romería, para las expresiones propias de sus asiduos.

La tradición, como siempre, nos llegó desde la España católica y, en nuestras tierras, va sumando alteraciones que le brindan un tono y elementos locales. Cristo no está representado –necesariamente– por un individuo alto y barbado; mejor de ojos claros.

Y para cumplir con el canon, los romeriantes se disfrazan o, simplemente, asumen el personaje con sus propias pintas. Cristo puede ser, entonces, un señor gordito, bajo de estatura y sin barba. Y, en lugar de recibir agua vertiente de una esponja, entra a una tienda y solicita, a la brevedad del caso, una gaseosa o un té… para mitigar la dura penitencia.

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por : Esteban Michelena