Feb 17
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CHILE DESPERTÓ, ¿Y SUS GOBERNANTES? TRES CLAVES PARA ENTENDER LA FRACTURA SOCIAL Y POLÍTICA

Por: Alejandro Zavala

Quienes viven en Hispanoamérica han visto a Chile con un cierto dejo de envidia por las constantes noticias, en su mayoría, positivas: ha logrado índices macroeconómicos que no tenían parangón en ningún país cercano (se hablaba de Chile como la Suiza latinoamericana); que si el ingreso per cápita, que si el Producto Interno Bruto, que si los rankings de Doing Business o los que el Banco Mundial le otorgaban… Todos hablaban de una economía boyante, casi superdotada. Más aún, era conocido que sus instituciones funcionaban; que, luego del pacto político que trajo el fin de la Dictadura Militar, los políticos en Chile actuaban de manera madura, equilibrada; y que mucho no importaba si llegaba un gobierno más de izquierda (como el de Bachelet) o uno de derecha (como el de Piñera). Siempre daba la sensación de que los chilenos estaban bien, que gozaban de una democracia de primer mundo. Sin embargo, bastó un solo anuncio: el del incremento del pasaje del metro, para tirar décadas de esa historia brillante al tarro de la basura y empezar toda la lectura de vuelta. 

Desde el pasado 6 de octubre, el pueblo chileno se ha unido a otros países —como Ecuador, Colombia y Bolivia— en la manifestación de su descontento generalizado contra la clase política. Tras el anuncio del presidente Sebastián Piñera de aumentar el precio del pasaje de metro de 800 a 830 pesos (1,07 dólares), por recomendación de sus asesores en transporte público, la paciencia de la ciudadanía pareció llegar a su límite. En poco tiempo las protestas escalaron con la quema y la vandalización de varias estaciones de metro, además de la hostilidad entre ciudadanos de todas las esferas y las fuerzas del orden público, en las calles de varias ciudades. Para la noche del 18 de octubre, las urbes más grandes de Chile estaban minadas de protestas en todas las calles y enfrentamientos con la policía, a lo que el presidente Piñera respondió con un estado de emergencia y un toque de queda que se aplicaba por las noches. La causa, según varios analistas, fue la reacción desmedida de los manifestantes (que pronto originó saqueos y quemas de establecimientos), que se debió a mucho más que al aumento del transporte. Miles de personas comenzaron a concentrarse en centros clave de las ciudades y a exigir la dimisión del Presidente. Sectores económicos, de los más importantes, incluidas las cámaras de comercio y construcción, calculan las pérdidas en alrededor de 4.700 millones de dólares, lo que ha influido en un crecimiento mucho menor del esperado: alrededor del 1,8 % del PIB para 2019 y las cifras para este año son aún más desalentadoras. Para intentar hacer una síntesis de un problema tan complejo, ha sido necesario eliminar la posibilidad del análisis binario y simple de la lucha entre ricos y pobres, entre buenos y malos, y entre educados e ignorantes. Aquí se cruzan todas las versiones y visiones, para analizar un hecho que afecta no solo a los chilenos sino a la región. Un llamado de atención y de alerta para entender mejor la dinámica social y política. 

LA DESIGUALDAD

Cuentan los expertos que, alrededor del 2017, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ya presentaba para Chile unas cifras que eran escalofriantes respecto a los índices de desigualdad existentes en la sociedad, y poco o nada se hizo al respecto. Nunca se lo tomó como alerta. Según la CEPAL, el 1% de la población concentra casi el 30% de la riqueza y el 66,5% reúne solo un 2,1% del capital. El análisis rápido que se hizo desde dos polos opuestos fue: el modelo neoliberal es salvaje (que en estricto rigor no existe, no desde el punto de vista de la teoría económica o la Academia), y fue culpa de la gigantesca apertura comercial y de la ambición desmedida, etc. Y del otro lado: a la gente no le gusta trabajar, se espera todo del Estado y, a la final, la factura la pagan todos…

El tema es que no fue ni lo uno ni lo otro. Es la aplicación de un modelo que ha arrojado índices muy importantes de reducción de pobreza, de ingresos muy superiores para sus ciudadanos, de una mejora constante en el estilo de vida; todo esto contaminado, lastimosamente, por acciones humanas lamentables: empresarios que se han coludido para crear verdaderos monopolios y explotar tarifas y a los ciudadanos; privatizaciones que han perjudicado notablemente a los usuarios, en lugar de beneficiarlos; sistemas previsionales leoninos que han acabado con los derechos de jubilaciones y seguridad social; y, uno de los más importantes; exprimieron —al punto de precarizar de una manera impresionante— a la clase media y la han empujado más hacia la pobreza que hacia la prosperidad. 

En ese concepto es donde se encuentra entonces la heterogeneidad de la protesta: ya no son solo jóvenes estudiantes, adictos a las redes sociales, que ni estudian ni trabajan; tampoco son grupos feministas ni anarquistas extremos, como de manera maniquea nos han querido vender. Ahí están abuelos, profesionales, jóvenes, taxistas, empleados públicos y privados; es decir, el chileno promedio. Por eso las cifras: porque con esos pequeños grupos nunca Piñera estaría en alrededor del 6,6% de popularidad (casi caído), obligado a ceder en muchas de sus propuestas y convicciones e, incluso, teniendo que poner una fecha para reformar la Constitución; es decir, contra las cuerdas. Eso no lo hace un grupo minoritario ni un grupo de vándalos, lo hace la sociedad en su conjunto.

Según información del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, publicada en el diario La Tercera, la tasa de desempleo en el Gran Santiago se disparó a 8,8% en el último trimestre de 2019: esto es un alza del 1,4% del mismo período del año anterior.

LA FALTA DE EMPATÍA EN  LA POLÍTICA 

La empatía, que conceptualmente no es más que intentar ponerse en los zapatos del otro, nunca estuvo presente.

Chile no había asistido a un encuentro que implique un diálogo —en el sentido aristotélico del término, una conversación entre iguales—, para poder llegar a consensos y que, fruto de ese diálogo, surja un respeto suficiente para no adjetivar posturas y llegar a acuerdos que permitan tener un tejido social sano, lejos de actos de vandalismo, odio o agresión. Los diálogos y consensos se habían circunscrito a las élites, que no fueron capaces de permearlo hacia todos los estratos de la sociedad.

Para aquello, señalan los expertos en análisis social, la comunidad necesita de espacios donde se puedan dar estos acercamientos; se necesita de una educación inclusiva y diversa; se necesita alejarse de las estigmatizaciones, los complejos, los epítetos. Evidentemente, en Chile había una fractura que nunca había cerrado, unas diferencias que se acentuaban, una ruptura que pocos la veían venir. Era palpable, para sus ciudadanos, que había temas que no estaban saldados. En Argentina le llaman “la grieta” y está comprobado que, en Chile y en muchas partes de Latinoamérica, la grieta no solo está presente, sino que cada vez se agudiza más y termina en los estallidos sociales a los que asistimos (la gran mayoría) como silentes y atónitos espectadores.

Según los informes del operador del Metro de Chile, los destrozos superaron los 300 millones de dólares.

LA ABSOLUTA DESCONEXIÓN DE LA CLASE POLÍTICA CON EL GRUESO DE LA SOCIEDAD 

Hemos asistido últimamente al divorcio absoluto de los políticos con sus electores. Se han encerrado en burbujas de asesores que los hacen inaccesibles, caravanas de autos, cientos de elementos de una seguridad casi paranoica, eventos elitistas y privados, concesiones de que lleguen a cualquier hora y asientos de privilegio en todo lado. 

Esto, en Chile, se puede evidenciar fácilmente no solo con Piñera, sino que lo mismo sucede con su Parlamento, su sistema de Justicia, incluso, con actores que siempre mediaron entre la sociedad y sus gobernantes: medios de comunicación, Iglesia, militares, policías, etc. 

En este momento, en Chile, tanto el oficialismo como la oposición siguen haciendo campaña a favor y en contra de una nueva Constitución, sobre lo que se decidirá en un referéndum que se llevará a cabo el próximo 26 de abril de 2020. A pesar de que se logró llegar a un acuerdo para elaborar una nueva Carta Magna, ambos sectores políticos parecen no tener el respaldo de la ciudadanía, quienes quieren desesperadamente un cambio en el sistema, pero no se sienten representados por la clase política. Así, muchas veces, caen en el extremismo de formar grupos de interés por determinadas causas y parecen olvidar que una Constitución es para todos. 

Chile —en general— y Sebastián Piñera —en particular— (aunque esto se puede extrapolar a cualquier país de América Latina) debieron diseñar métodos suficientes para aprender a dialogar con la gente, saber qué es lo que le preocupa, en qué están los jóvenes, las mujeres, los activistas, las redes sociales, los jubilados, los profesionales con y sin empleo. Todas las clases sociales involucradas, con sus intereses diversos, son importantes. Se debió pensar en qué mensajes, con qué frecuencia y con cuáles herramientas, se comunican para entrar en ese mapa conversacional. 

Mientras una parte importante de la población siente que la violencia tocó límites insospechados, que esa no es la manera, que quieren volver a sus trabajos y a su vida diaria, todos sienten que solo así las autoridades pudieron ver la magnitud de sus inquietudes olvidadas por mucho tiempo.